domingo, 6 de diciembre de 2009

Crónica: La intemperie interior

Ayer nevaba y llovía al mismo tiempo. El tiempo se volvió flexible cuando el pasado y el futuro se escabullían en el presente que no quiere ser más que eso. Pero está bien que se cuelen si no hay melodrama. Leí que el psicoanálisis es hijo del romanticismo. Pensé, claro, y me dio gracia entender a los analistas, tan metódicos ellos, como Byronianos recalentados y reempacados. Será por eso que en este tiempo de locos nos ha dado por lo gótico: mansiones abandonadas que rescatar y conversaciones con fantasmas, encarnados o no, chupar sangre. Pero no me abruma la nostalgia ni me da por asir esperanzas. A veces un buen baño hace bien. La voz de un niño. Encender el horno. Pensar en tortas de chocolate que batir a mano, trescientas veces, con cuchara de madera. Pero no. Hay que vigilar la línea. Luego un libro, el teclado, un café. Mirar el frío por la ventana del lado acá de la calefacción.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Res parlante y en zancos

Entré al restaurante mexicano al que la gente iba más a comer queso fundido y beber margaritas que otra cosa. Caminé con parsimonia. Tal vez me sonreía, porque los tacos hacían que me acordara de los meses de mi niñez que pasé caminando en zancos por todas partes. Me empeñé en aprender con los zancos de unos vecinitos. Pasé de los bajitos a los altos en cuestión de días y estuve yendo de un lado para otro balanceándome en los enormes palos. Fueron días divertidos. Me senté de frente a la barra. Me pedí una margarita para esperar a mi amiga.

Vengo en representación de aquella mesa, dijo el gordo. Necesitamos su número de seguro. ¿Por qué?, preguntó ella. Él contestó haciéndose el gracioso. Es que estábamos en una reunión de negocios y cuando usted entró le dió un ataque al corazón como a tres de mis colegas. Se reían traviesos los tontos que se quedaron en la mesa. Ella ripostó como un disparo. Entonces lo que necesitan es una ambulancia. Él también era rápido. ¿Llamamos a los bomberos y quedamos en paz? Ella no se dejaba vencer. Para la paz hace falta un mecánico que les arregle los marcapasos. Es una traducción que intenta mantener los sentidos originales. Hablaban inglés porque el buisiness man era un gringo colorao y probablemente sureño, ya que tenía enganchado un sombrero de cowboy. Pacemakers había dicho ella, jugando con la palabra que acababa de pronunciar el que proponía la paz. Se rió el gordo. Le dijo que ella lo hacía reír. Añadió que estaba convencido de que también le daría suerte. Vamos al casino a jugar. Necesito que me acompañes para que me digas a qué número jugar doscientos dólares. Ella pensó en su salario de estudiante. Todavía bromeaba. Se quedó en el duelo verbal por lo que contestó. Dame los doscientos dólares a mí en vez de botarlos allá. El gringo se quiso hacer el magnánimo. Te doy doscientos y juego doscientos. Lo de ella quería ser una perorata en contra del juego. Dame los cuatrocientos a mí en vez de tirarlos. El gringo empezó a incomodarse, pero no quería perder el temple. Te doy cuatrocientos y juego cuatrocientos. Dame ochocientos a mí en vez de desperdiciarlos en esos juegos del diablo. Acá el gringo tenía ya las orejas visiblemente coloradas. Ella se dio cuenta de que era en serio. La quería comprar como a una puta.

Tenía un trajecito de mezclilla anaranjada, corto hasta arriba de la rodilla, que parecía que me habían pintado en el cuerpo. Se cerraba con una cremayera que había dejado sin cerrar completamente al frente; el apretón del pecho hacía que las tetitas se subieran redonditas por arriba de la tela. No tenía grasa en el cuerpo. Era toda fibra, huesos y un pelo largo ondulado que llegaba casi a la cintura. Con los tacos, más que piernas, parecía que tenía ancas de yegua. Sin dejar de mirarlo a la cara ni hablar le dije. Mira, vamos a hacer una cosa. Mis manos se metieron por debajo del traje. Deslizaron un panticito de encaje rojo por las rodillas, los tobillos, los tacos. Dale los ochocientos dólares a los pobres, como yo hago ahora. Cuando terminé de decir like I am doing now le puse el panty en las manos. Me bebí la margarita que me quedaba de un sorbo. Pagué mi cuenta y saludé a mi amiga que acababa de llegar. Le dije que nos fuéramos a otro sitio, que allí la cosa estaba aburrida, puro viejo gringo, en inglés, mientras le guiñaba el ojo al gordo que no se había movido, seguramente por el calentón en las orejas. Caminé con el mismo paso con que entré al bar; y con la misma sonrisa.

domingo, 22 de noviembre de 2009

El enemigo

Explica Hannah Arendt el sentido en el que Rousseau pensó la idea de una voluntad general, la del pueblo o la nación.

"Para construir semejante monstruo de cien cabezas, Rousseau se valió de un ejemplo aparentemente sencillo y verosímil. Extrajo su idea de la experiencia común que enseña que cuando dos intereses opuestos entran en conflicto con un tercero que se opone a ambos, aquéllos se unen. Desde un punto de vista político, daba por supuesta la existencia --y en ella confiaba--del poder unificador del enemigo nacional común" . (Sobre la revolución, 102)

O sea, que las naciones se definen en oposición. Es un lugar común. Ejemplos recientes son la Guerra de las Malvinas que se inventó la dictadura militar argentina quemando sus últimos cartuchos; o los enemigos, reales o imaginarios, con que lidia la nación estadounidense continuamente para mantener la cohesión del "pueblo". Pero en este contexto me preguntaba, ¿qué pasa cuando el enemigo que unifica es interno? ¿qué cuando es el propio gobernante que la mayoría eligió porque pensó que el enemigo estaba en otra parte? ¿Lo estaba? Si no se sabe dónde está el enemigo, ¿contra quién nos cohesionamos? O es que enemigo son todos los que gobiernan o pretenden hacerlo, porque siempre se gobierna a partir de una violencia: gobernar es un acto de violencia. Siempre hay una violencia originaria en las narrativas de las comunidades y es ella la que justifica el contrato social.

Si así fuera, el enemigo que nos gobierna es un fantasma que se desaparece y reaparece, tomando distintas formas, para acecharnos. Regresa como el fantasma del padre de Hamlet, y nos incita a tomar venganza y nos recuerda que el monarca actual es un usurpador. Como Hamlet nos quedamos perplejos y meditamos, ¿cómo? ¿Queremos fundar una nueva comunidad en un nuevo acto de venganza? ¿Qué hacer si el enemigo somos nosotros mismos y las complicidades que elegimos?

lunes, 16 de noviembre de 2009

Resaca: otro espectro

Cuando era estudiante de bachillerato, estuve algunos meses en España; en Toledo, específicamente. Hice un préstamo estudiantil para pagar los cursos de literatura e historia en la Fundación Ortega y Gasset. El paquete incluía cuarto y comida. Creo que llevaba mil dólares para gastos, en cheques de viajero. Había reservado el vuelo de regreso a la isla para una semana luego de que terminaran los cursos. Así me divertiría en Madrid por ese tiempo.

Lo que no previne era que en España sí que hay marcha. La fiesta empieza como a las 9 de la noche, todos los días y termina como a las 6 de la mañana. Un vaso de cerveza de un pie de alto (de verdad, que sabe a levadura y tiene un alto porciento de alcohol) valía como 75 centavos. Recuerdo caminar de regreso a la pensión, donde habían cerrado las puertas como a las 3 de la mañana, a eso de las 7, cuando abrían las puertas nuevamente, para desayunarme algo y dormir hasta la hora del almuerzo, y así tomar mis cursos en la tarde. Como los dormitorios estaban en el 4to piso y los salones de clase en el 3ro, me gustaba aparecerme en los salones en pijama y pantuflas. Era mi modo de decir, puedo coger las clases con resaca y salir bien. Aprendo más en las calles que en los salones. La juventud es arrogante. Mientras caminaba de madrugada de regreso a la pensión, me sorprendía de que limpiaran las calles a manguerazos. Si hicieran eso en San Juan, pensaba. Recuerdo que una mañana me levanté de una cuneta azorada porque estaban a punto de pegarme con el chorro frío de una de esas mangueras como de bombero. Estaban limpiando la calle de escombros y yo dormía el exceso de cervezas en alguna cuneta, luego de haber bailado en una discoteca al aire libre, donde la gente se tiraba con ropa a la piscina, al ritmo de Mecano, los Inhumanos ("Qué difícil es hacer el amor en un Simca Mil. El asiento no se hecha pa atrás; ese no es el pito que debes tocar") o el hit del momento "Vaya, vaya, aquí no hay playa" (nos llegaba al corazón a los boricuas).

Así pasó un mes, el tiempo del curso. Regresé a experimentar Madrid esa semana que me quedaba, pero había un inconveniente. Me había gastado todo el dinero que había llevado para el viaje. No tenía con qué experimentar nada, en esta época anterior a las ATH, en la que no tenía tarjetas de crédito ni modo de sobrevivir. Recuerdo que llamé a mi padre y le pedí que me enviara algo, ¿100 dólares?, para pasar la semana. Me ubiqué en la pensión más barata que encontré, e hice el cálculo de que, luego de pagar ese hotelito, me sobraba plata para comerme un sádwich de jamón y queso diario, con agua del grifo. Así que no me disfrutaría Madrid. Me levantaba por las mañanas y deambulaba por las calles, por los parques, con hambre.

Llevaba como 3 días comiendo sándwiches cuando, en un parque, un viejo que andaba solo con su perro y hablaba sólo francés, porque era francés, me dijo algo. Le expliqué en mi francés rudimentario que mi conocimiento del francés era rudimentario. Él me dijo que hablaba muy bien, que estaba solo, que había enviudado recientemente y había tomado el carro, el perro, y se había ido a dar una vuelta por las ciudades cercanas. Esto lo decía con la tristeza más triste. Nada lo esperaba en Francia. En verdad estaba esperando que le llegara el momento de morirse él también. Como yo le servía de traductora y no tenía con quien hablar, me invitó a almorzar, luego a cenar. Se acomodó en un cuarto libre en la pensión en la que me estaba quedando. Quedamos de recorrer la ciudad el próximo día. Me despedí contenta de haber encontrado un abuelo que me cuidara. Me llamaron al hotel.

Mi copañera de cuarto en San Juan se había hecho novia de un gitano y andaba con él hacía días. Estaba desaparecida como todos los otros amigos del alma con quienes me había emborrachado antes. El caso es que ese era un buen día para mí, porque luego de mi aburrimiento y mi hambre, me habían alimentado y luego me llamaron y me invitaron a salir. Expliqué mi situación económica y mis amigos dijeron que no importaba. Donde beben dos beben tres. No sé a qué hora volví, luego de despedirme efusiva, felizmente. La resaca era mortal y me tocaban a la puerta de madrugada; muy temprano. Yo me preguntaba qué hora era. Seguro era el viejo, pero yo con esa resaca (¡Ay, mi cabeza!) no estaba en humor de hablar con nadie y menos en francés. No me levanté aunque tocaron a mi puerta hasta un punto que me pareció absurdo; tocaron con suavidad, con firmeza, con insistencia, con súplica, con violencia. Pensé en dar explicaciones, a fin de cuentas habíamos quedado en pasar el día juntos, a fin de cuentas, el viejo me había alimentado el día anterior, pero la resaca saca lo peor de mi personalidad así que en mi mente lo mandé al carajo, viejo pendejo, no vio la hora que es, qué carajo se cree.

Al día siguiente me levanté tarde, muy tarde. La dueña del hotel me miraba con disgusto y yo no entendía por qué. Finalmente me enganchó la pregunta.

--¿Dónde está el viejo?

--¡Qué sé yo! Llegué tarde, tenía resaca, tocó y tocó y tocó y no me levanté.

--¿Pero lo conoces?

--Lo conocí ayer, me invitó a cenar.

--Se fue sin pagar la cuenta, creí que ustedes eran una pareja de timadores o algo así.

No lo podía creer. Me enseñó su cuarto vacío y la llave que dejó pegada a la puerta. Me obligó a pagarle la cuenta en el momento (por suerte la mia, no la de él), antes de que me escapara yo también. Me sentí triste. ¿Necesitó algo el viejo depresivo y yo no le abrí y por mi culpa andará por ahí más muerto que antes? ¿Por qué tocó tan temprano? ¿Por qué insistió tanto? ¿Es que era un loco con la intención de hacerme daño y la resaca me salvó?

Me quedé con dos o tres dólares en el bolsillo, para pasar los dos o tres días que me quedaban en Madrid.

lunes, 9 de noviembre de 2009

La fugacidad de una vida de 90 años

Viví del 1999 al 2000 en Binghamton, New York. Desde que llegué me pareció un pueblo fantasma. Cruzado por avenidas y autopistas, lo que dificulta la transportación por vías que no sean el automóvil, tiene un gran centro comercial, y esto resulta ser uno de sus mayores atractivos, mientras el centro del pueblo está literalmente muerto. Allí se crió Rod Serling, el guionista de la serie televisiva sobre lo ominoso, titulada The Twilight Zone, y con ironía, su población actual entiende perfectamente por qué.

Contradicotriamente, es el pueblo en que nació la IBM (¡en 1896!), impulsora de la era tecnológica que vivimos. Pero esta compañía que se anuncia como la más grande empresa de informática del mundo, redujo sus operaciones allí. Luego de la fuga de empleos, y una decisión del Estado de Nueva York, de soltar a los enfermos mentales que habían estado recluidos en manicomios y que no supusieran peligro para la comunidad, para que vivieran de forma privada e independiente del seguro social, hay fantasmas entre espectrales y encarnados que deambulan e interactúan con la población que los acepta con la mayor naturalidad.

De su época de gloria, cuando la gente migraba hacia la ciudad en busca de empleos y atraídos por su belleza natural, hoy quedan mansiones enormes, que evidentemente una vez fueron bellas. Hoy están derruídas. Los actuales propietarios no pueden pagar el mantenimiento que requieren. Otras han sido convertidas en funerarias. Viviendo allí uno casi se olvida de mirar venados, aunque en el año 2007 fue reconocido como el pueblo que mejor conserva la ecología de su entorno, tal vez por el abandono mismo, ya que sin industria y sin una población significativa, no hay quien intervenga el ambiente.

Recuerdo estar parada en una avenida larga de brea, por la que no pasaba ningún tráfico. Mirar para un lado y para el otro prestando atención a la desolación e imaginándome que estaba en una película de Jim Jarmush, al estilo de Ghost Dog. La avenida me parecía infinita hacia ambos lados y no entendía a quiénes servían los pequeños negocios que se sucedían a lo largo de ella. Había estado en una tienda en la que vendían artículos étnicos, a la mejicana, frisas, ponchos y artesanías, teses, y chucherías varias. Tal vez necesitaba una frasada para atajar el frío que me volvía personaje de una novela rusa. Me preguntaba por la escasa transportación pública. Me decidí a caminar. Caminé un trecho, pero luego apareció la guagua. Para atajar el problema de transportación, la practicidad gringa de los funcionarios de la Universidad de Binghamton, donde trabajaba, proveía transportación gratuita. Una guaguita azul claro como de 20 pasajeros que daba rondas todo el día. Allí me subí. Me senté en el asiento disponible, al lado de un personaje que había visto, a través de la ventana de la misma guagua en diversas ocasiones anteriores, caminando por las aceras. Era un señor mayor, muy mayor, vestido pobremente que se movía con dificultad y que se subía a la guagua con parsimonia cada vez que se la encontraba. Al tenerme a su lado, tal vez agradecido, él comenzó el diálogo que era más bien un monólogo pero que él retenía hasta tener un interlocutor cercano, no fuera el caso que lo confundieran con uno de esos locos que andaban sueltos por ahí.

-- Tengo muchos años, ¿sabes?. He vivido, decía con calma y sonriendo. Antes me preocupaba. Como a los sesenta miraba lo rápido que había pasado todo y me daba rabia que la vida fuera tan corta. Era un muchacho entonces. Hoy, miro hacia la cadena de cosas que fue mi vida y me digo, está bien. Sí, ya está bien. Uno se cansa. Llega un momento en que uno hace las pases con la muerte y entiende que integrarse al Universo de otra forma, transformado, no está mal.

Estaba muy lejana de la crisis de la mediana edad. Había apenas obtenido mi doctorado y comenzaba mi nueva vida como profesional. Pero había sido una niña filósofa y recuerdo que la pregunta por el sentido de la vida y la pelea con la muerte me aguijoneaban la mente, el espíritu, desde muy niña. Ese hombre me contestó una pregunta. Me comunicó su paz.

No recuerdo si se bajó de la guagua él con su parsimonia. Si me bajé yo con mi prisa de siempre, o si simplemente desapareció de mi lado. La memoria construye el pasado con capricho y mi capricho es no saber cuán encarnado estaba ese hombre que me habló como un amigo, por 2 ó 3 minutos y me contestó una pregunta que no le hacía a él sino al Universo. El caso es que de momento estaba yo sin su compañía, pero su respuesta me acosa, como un espectro.

miércoles, 14 de octubre de 2009

La crisis y la casa

A la memoria de Ángela María Dávila y José María Lima porque lo personal es político.

hermanos mutilados
hermanos carcomidos,
eh, ustedes, sí, los de piedra en el lamento
también los diminutos (distracciones del mundo)
mis muy hermanos míos...
los hay solos también, como cunetas
en día de sequía
que devotos esperan grandes charcos.
¿no falta nadie más?
los que faltan vendrán aunque no sepan
de cualquier modo, y siempre sin venir.
los que no llamo
(puedo ser distraída)
llegan siempre primero.
¿saben? es que mi danza es sola,
puede insinuar montañas,
o cadáveres
o demencias atroces, sonrisas o lamentos,
pobredumbre --tal vez-- o descalabros,
abismos, desajustes,
huracanes, o sexo, mecanismos, desvíos,
rebeliones truncadas,
aciertos libertinos ¡en fin!
y ¿saben? ¡hasta versos!
también puede
no insinuar absolutamente nada:
está.
la música la oyen
los que nunca se buscan --inllamables--
encontrados del seño y de los labios
larga, tan largamente
en millas de ansiedad, hace millones
de siglos y de insomnios.
simprellamados
que no arañas la luz para morder la sombra
y parir la busura con un ¡clic! automático.
también puedo ser justa:
quiero aclarar que a veces sudan horas,
y sonrisas y cálculos
y hasta seres humanos si tienen diccionarios
y meditan.
decía hermanos míos
que en la mano derecha tengo rayos
y en la izquierda sujeto soledades.
que hay soledades anchas como llanos,
y oscuras,
largas, líquidas, huecas y remotas
y pueden afilarse.
la actuación (vuestro acto) me conmueve,
y no quiero aplaudir...

de Homenaje al ombligo


Llamo a Puerto Rico. Me dicen...

-- El país se está derrumbando. Todo el mundo está buscando reactivar contactos fuera para irse.

O tal vez me dicen...

--Es que fulano quiere ir a la marcha pero hoy amanecieron los escritorios de todos los trabajadores públicos con cartas que dicen que no se aceptarán excusas médicas, que no tienen permiso para ausentarse y que simplemente se les recortará la paga del día a los que se ausenten y que tal vez haya despidos como represalia. A fulano le quitaron el escritorio, no lo dejan hablar por teléfono, le quitaron sus encomiendas de trabajo y lo tienen en una esquina de la oficina, como preso, porque la prohibición es de todo. Y lo peor es que no hay foro porque acaban de aprobar esta mañana la descolegiación, aparte de que ya tienen el Tribunal Supremo. Todo eso me afecta y yo, que no he sido cesanteado, tengo que trabajar, tengo compromisos, reuniones. No puedo parar a resolverle su crisis, pero me duele, me angustio. El otro día quise ir a su trabajo a darle un pescosón a la jefa esa.

Otro amigo chileno comenta en facebook que esto le apesta a dictadura... "Y sepan que lo digo con años de experiencia de primera mano con los cuales comparar los hechos locales", termina su triste comentario.

Todo esto se vive con verdadera angustia. No es para menos. Una amiga, quien llevaba 14 años trabajando en el gobierno, ha sido una de las cesanteadas. Es madre soltera. Tiene un hijo que se enferma a menudo y que necesita tratamiento médico continuo. Se quedará sin plan médico. En su casa, el clima se ha vuelto espeso. Es soltera, pero comparte su vida con una persona que apoya el gobierno. "Bueno que les pase, por vagos". "¿Y tú no me conoces a mí? ¿Te parece que soy una vaga" Así iran esas discusiones domésticas.

El asunto es que el clima de Puerto Rico, desde acá, el paraíso que es Nueva York en el día de hoy, se siente tenso, espeso, carcomido. No sólo la casa política, sino las habitaciones más privadas e íntimas de los individuos se afecta. Las relaciones se jamaquean. Supongo que esto es lo que constituye una crisis en esencia. Pero a la vez, hago una pausa y pienso. La gente está en la calle. Ha habido protestas, paros. Los líderes obreros se metieron en la oficina del Secretario del Trabajo para pedirle explicaciones. Unas mujeres intentaron hacer una cadena humana esposándose en torno a no sé qué edificio de la Milla de Oro. Hay una campaña para cerrar masivamente cuentas en el Banco Popular (cuyos bonos ya fueron devaluados a chatarra hace como un mes). Los estudiantes se están reuniendo fuera de la Universidad Cerrada. ¡Mañana hay un paro general! El paro general es una práctica común en las social democracias europeas. Yo nunca, en mis cuarenta años, he visto un paro general en la isla (ni lo veré, estoy por acá).

Mi respuesta a quienes, sin poder evitarlo porque la situación no es para menos, se han llevado la crisis a la casa es sugerirles con humildad y conciencia de que para mí es fácil, porque escribo desde un soleado y no tan frío Nueva York, devuelvan esa crisis a la calle. Sáquenla de lo doméstico. Protesten en el espacio público. Hagan poesía, teatro, performance, instalaciones, actos de protesta en general... Estamos en una coyuntura. Aprovechémosla para debatir con quienes se han creído el cuento de que el capitalismo es para todos. El capitalismo hoy está desnudo y muestra sus garras. No debe ser difícil imaginar en colectivo hoy, con menos teorías sobre el discurso y los poderes que se difuminan, que otro mundo es posible.

En la misma línea argumentaba hoy el poeta Guillermo Rebollo Gil, desde El nuevo día. Me permito copiar aquí sus reflexiones.

GUILLERMO REBOLLO GIL
14-Octubre-2009 | GUILLERMO REBOLLO GIL

BUSCAPIÉ

No-lugar

Para el CAED

Estos son los hechos: la UPR permanece cerrada por orden del presidente interino, y los estudiantes están en otras. Se las han arreglado para desatar una universidad afuera y aparte donde el pensamiento se puede ajustar mejor a los contornos de la urgencia. Y verdades ocurren frente a los portones de la Universidad donde los estudiantes se encuentran más próximos al prójimo, más envueltos en su bienestar, más dispuestos a reconocer la similitud salvaje de quienes pertenecemos a un presente que está por excederse.

Estos son los hechos que dan lugar a la invención: Fortuño no existe.

Cualquier conversación sobre el gobernador de turno entre estudiantes es una conversación en tiempo pasado. La universidad que ocurre frente a los portones de la UPR está fundada sobre la figura de un gobernador que ha sido excedido en el pensamiento del estudiantado en tanto sigue sin responder a un mandato de proximidad con el pueblo.

Estos son los hechos del lugar que ocupan los estudiantes bajo amenaza de desalojo para decir que el País es un estar en otras, aparte y afuera de cualquier propuesta gubernamental basada en el poder adquisitivo de individuos. Que el País es un verbo en tiempo presente, impronunciable para quien mire a estos estudiantes extrañado, sospechoso, fuera de los contornos de la solidaridad, y no logre reconocerse como “parte de”.

“Grabo” algunos de sus nombres aquí: Gamelyn, Mariana, Arturo, Xiomara. Y los sumo al resto de nosotros envueltos en hacer universidad en exceso.

Estos son los hechos: no hay universidad sin invención. Fortuño no existe.

Pregúntenle a cualquier estudiante dispuesto a estar con ustedes en otras, aparte y afuera, en una especie de detente a la borradura que hoy nos ocupa el lugar de un gobernador.

Estas son sólo algunas de las verdades que ocurren aqui: la Administración es incapaz de cerrar esta otra universidad porque simplemente no la ve. Se le ha ido de las manos. Está fuera de lugar.

n El autor es escritor.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Sangre


Dice Eduardo Subirats en El continente vacío que Simón Bolívar (¿o se refería a Toussaint L'ouverture, el líder de la Revolución Haitiana de 1804?) es la última consecuencia y a la vez la encarnación del límite de las ideas de la ilustración. Creo que se refería a Bolívar, pero cuánto más es L'ouverture ambas cosas. Siguiendo a Alejo Carpentier, en El reino de este mundo, la Revolución Haitiana fue dirigida, sí, por la noticia de que en Francia se había declarado que todos los hombres eran iguales, con la consecuente declaración de liberación de los esclavos (que no se estaba poniendo en práctica por los hacendados haitianos), pero también por la figura heroica de Mackandal quien, cuando iba a ser quemado ejemplarmente, sobrevivió al usar sus poderes de transformación para convertirse en un pájaro y salir volando de la escena. Este hecho sólo lo vieron los prácticantes del vudú, no los blancos, y tuvo la fuerza suficiente para alimentar la guerra. En esta anécdota están implicados el cuerpo, el mito y la política. Creo que esa tensión violenta entre la modernidad como proyecto impuesto desde afuera y las resistencias desde el cuerpo producido desde otras matrices míticas está viva hoy y resurge cada vez que ese mismo proyecto moderno entra en crisis.

Por dar sólo otro ejemplo, el mito del Inca Rey, en la zona del Perú, habla del regreso de Inkarri, cuyos miembros fueron dispersados por los cuatro lados que conformaron el Tawantinsuyo, la cabeza enterrada en Cuzco. Esta cabeza está viva y se está regenerando en secreto el cuerpo de Inkarri, quien volverá y derrotará a los españoles y restaurará el Tawantinsuyo y el orden del mundo quebrado por la invasión española. Este es otro mito que es político y parte de la representación de un cuerpo que fue sacrificado al proceso de conquista y colonización de las Américas.

Se dice que las Catedrales en México están construídas con sangre, literalmente, la sangre de los indios muertos en el proceso de construcción pasaba a ser parte de la pega para los bloques. Será por eso que cuando hay una protesta política en ese país, se hacen gestos tan dramáticos como sacarse la sangre con jeringuillas y tirarla a las paredes del edificio del Ayuntamiento, acompañado del grito: "¿quieres mi sangre? ¡te la regalo! Allá las protestas políticas son, fundamentalmente, la puesta en escena de los cuerpos sobre los que los políticos legislan. El Zócalo; una de las plazas más grandes del mundo, se llena de personas que acampan. Sólo eso. Acampan como diciendo, estamos aquí. Es a nosotros a quienes están haciendo la vida de cuadritos. Los cuerpos se despliegan, muchas veces en silencio, como el de las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina. ¿Qué decir? Es que hay veces en que la palabra no sirve. Entonces entra el cuerpo.

Tal vez por eso es que vuelvo a lo que me enseña Michel de Certau, en La escritura de la historia:

“...el combate contra la terrible “peste” de los brujos se transforma, junto con la posesión, en un proceso que oscila entre un debate acerca de los marcos de referencia de una sociedad, y por otra parte, una teatralización de las guerras sociales, religiosas, filsóficas y políticas de la época. La posesión es una escena, mientras que la brujería es un combate. La posesión es un teatro donde actúan las cuestiones fundamentales, pero dentro de una escenografía determinada, mientras que la brujería es una lucha, un cuerpo a cuerpo entre dos categorías sociales” (236).

Es la guerra desde el mito que implica el cuerpo.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Capitalism: A love story

(Estas películas siempre llegan a Puerto Rico, pero un poquito después... Yo no sé cuándo saldrá esta, pero estén pendientes...)

La película más reciente del controvertido director estadounidense, Michael Moore, estrenó ayer, a peser de que varios piensan, como un señor a quien ataca Moore, cámara en mano, con la intensión de conversar sobre temas inconversables en este país: "Please, stop making films". Así, desde la autoparodia, la película propone un argumento muy simple; más simple que en sus filmes anteriores: Estados Unidos fue fundado sobre una base democrática, no capitalista. La libertad del mercado, como se la vive desde los tiempos de Reagan, les está robando libertad a los individuos que son excluidos cada vez más y más de los beneficios posibles de esta sociedad.

Luego ofrece datos: Hasta los años 60 en Estados Unidos los acaudalados pagaban un 90% de impuestos. Con ese dinero se construyó la infraestructura del país (puentes, represas, carreteras) mientras que los ricos podían seguir gozando de la buena vida. Luego se comenzó a recortar los impuestos de los más ricos y a desregular la economía. El costo de esta decisión es humano, sobre todo. Encarcelamientos por hacer negocio, porque el dueño de una cárcel privatizada está de acuerdo con el juez a cambio de una ganacia (¿suena a algo parecido por una islita del Caribe?), despidos masivos por parte de compañías que igual reportan ganancias en los billones de dólares (¿algún recuerdo?), mientras que el congreso que se encarga de salvar los bancos en quiebra..., seguros de campesino muerto a los empleados de las compañías... ¿Qué es eso? Pues, tendrán que ver la película para enterarse. Moore entrevista hasta a un Obispo de no recuerdo qué región, quien explica que el capitalismo, como se lo vive hoy, está en contra de las leyes de la iglesia. ¿Por qué? Pues porque la derecha se ha apropiado hasta del discurso religioso al proponer que el Capitalismo es el paraíso, es un orden divino, es el reinado de los santos inocentes.

La película siempre es sorprendente y emotiva. Tal vez menos chocante que las anteriores, pero está, evidentemente, dirigida a un público mayor. Por momentos parece que Moore está haciendo la próxima campaña política al presidente Obama y buscando acarrear los rebaños hacia el apoyo a las reformas de salud que el Presidente está esforzándose en lograr que se aprueben. Me pregunto qué pensarían mis hermanos, tan capitalistas ellos, si la vieran... Si es que piensan, como el señor que se siente agradido por la cámara, que ese loco debería dejar de hacer películas, al menos, parece que son parte de un grupo cada vez menor. Según Moore, la opinión pública estadounidense está cambiando, debería cambiar hacia el reclamo de una mayor democracia. Pero no se entiende si esto que dice es la celebración de un hecho o un ruego al público para que, coño, despierte...

sábado, 19 de septiembre de 2009

Debajo del palo; Juan Otero Garabís

Mi amigo y colega Juan Otero me envía este texto. Lo publico íntegro. Parece que desde el exilio niuyorquino me toca solidarizarme.

***
Lunes, inicio del semestre, llego frente a la puerta del departamento al cual estoy adscrito, opero la perilla y … cerrado. Este ejercicio ha sido repetido varias veces: la pelea está a favor de la puerta abierta, pero el seguro ha ganado unos cuantos rounds.

Otro lunes, algunas semanas después, entrego una carta a la secretaria ¿de la directora? —antes había recepcionista, pero desde que se retiró hace más de un año, solo ha habido una que permaneció apenas un mes antes de que la trasladaran a la oficina de algún decano. La carta es para recordarle a la directora que no tengo oficina asignada; la que tenía me la quitaron cuando pasé a ocupar un puesto administrativo. Dos semanas después mi carta fue referida al decano. Acabo de regresar de mi sabática y de un año como profesor visitante en Brown University, tengo cuatro preparaciones diferentes, incluyendo un curso graduado; sospecharán que este panorama es mucho más que deprimente.

Jueves, hay paro en la UPR, porque la administración no ha respetado el convenio colectivo la Hermandad de empleados; el miércoles anterior hubo otro, del Sindicato por lo mismo. El gobierno ha decretado el congelamiento de todos los aumentos de salario, menos los de la legislatura y los asesores; me pregunto si es legal legislar retrospectivamente, pues es claro que no es moral despedir trabajadores y negar aumentos de salario mientras se mantiene el de los legisladores.
El paro me beneficia: así trabajo desde mi oficina, en casa. ¿Podré hacer las horas de oficina desde aquí? ¿Será accesible para los estudiantes? Es difícil dejar material en esta oficina para usarlo en el salón: es casi como cargar la oficina en mi mochila cada vez que voy al recinto. Quien se beneficia es el quiropráctico, pues se está asegurando algunas visitas este semestre.

Aprovecho y leo una columna del colega y amigo Jorge Giovannetti, publicada en Claridad, en la que cita al Presidente de la UPR diciendo que no se puede “realizar investigación debajo de un palo”. Qué bien!, alguien que lo admite, pero aún así, con ley siete, incertidumbre administrativa y recortes de personal, parece que debo dirigir mis esfuerzos para que se me asigne un palo, o uno de sus lados, para ubicar mi oficina. Un toldito, o en su defecto una sombrilla con el auspicio de alguna compañía o banco hipotecario, puede servir en caso de lluvia. Para mis deberes “poco útiles”, no hacen falta paredes.

Según apunta Giovannetti en su columna, las humanidades no fueron prioridad en la agenda del presidente saliente, por ser disciplinas de menor utilidad a la sociedad. Tal vez, también, porque para nuestras investigaciones solo hace falta la biblioteca. Pero, ¿cuál biblioteca? El deterioro de la existente la hace casi inutilizable. ¿Será esta otra área poco “útil” o de menor interés para la administración universitaria? Total, si vivimos en un país tan escaso de bibliotecas, que pocos lamentarían que haya una menos. El caso es que en la biblioteca tampoco puedo investigar y atender mis asuntos de la docencia, pues aunque tenga espacio para la lectura, en sus salas no es posible hacer gestiones administrativas ni reunirme con estudiantes.

En el último cuarto del siglo diecinueve, un bonche de intelectuales se debatía sobre si en Puerto Rico era prioridad establecer universidades o desarrollar escuelas. En el prólogo de la primera edición de El gíbaro, de Manuel Alonso, en 1884, Salvador Brau (defensor de la segunda alternativa) celebraba que Puerto Rico era un país con Ateneo y bibliotecas. Parecía que para estos afanosos del porvenir, como los llamaría Silvia Álvarez Curbelo, la educación del país era inseparable de su “progreso social y económico”. A más de un siglo de sus debates y entusiasmos, nos queda un país con escuelas, pero con 60 por ciento de deserción escolar, una universidad pública a la que se le recorta el presupuesto y ¿bibliotecas?.

Me pregunto si a los políticos y los ricos del país les preocupa esta situación. ¿A qué escuelas mandan sus hijos los legisladores, gobernadores, jefes de agencia y alcaldes? ¿A qué universidad? La burguesía norteamericana aseguró buena educación a sus hijos creando universidades privadas, a las cuales anualmente donan parte de su capital. Los ricachones puertorriqueños no donan nada a nuestras universidades, pues envían sus hijos a esas universidades: las universidades privadas de prestigio de Puerto Rico están en Estados Unidos, y éstas no becan hijos pobres de aquí. (Al menos, algunos de los nuestros, nacidos en el territorio continental, se benefician de algunas de las becas que estas instituciones otorgan a hijos e hijas de familias no-privilegiadas económicamente. ¿Habría llegado a juez del Supremo, no de Estados Unidos sino de aquí, Sonia Sotomayor, de haber nacido en Cantera en vez del Bronx?)

Es evidente que quien tiene opciones privadas no se siente afectado por la debacle de la educación pública en Puerto Rico. Para ellos, la Universidad y el Departamento de Educación son monstruos que se quedan con dinero que ellos quieren asignar para que otro ricachón se lleve el contrato para la construcción de otro hotel, otra marina y otra urbanización para afortunados (“such is life”) con cuyos fantasmas nos quedaremos cuando “los inversionistas” decidan marcharse a otros lugares donde puedan obtener más por su dinero. Ni siquiera proponen programas de confección de límbers para venderle a los preciosos turistas que visitarán nuestras playas. ¿O ya los hay en los institutos de turismo?

Vivimos en un país cuyos políticos se “gofian” la boca hablando de una democracia en la que creen muy poco. Sin educación ni salud pública eficientes no hay democracia posible. Parece, como diría Borges, que “el mundo será Tlön”; por lo que, emulándole, quizás deba considerar arrimarme a un palo y retirar mi solicitud de oficina. Desde allí, con buena sombra y caca de pajarito, haré mis mejores esfuerzos como profesor y ciudadano.

lunes, 14 de septiembre de 2009

José Luis González y la censura

Cuando supe que censuraron la Antologia personal de José Luis González me dio pena, más que otra cosa. Pense en la ironía de que se hubiera ido del país, ya que su espiritu libre no pudo lidiar con las censuras a que era sometido a diario y que hoy, luego de que su voz hubiera logrado ocupar un lugar indiscutido en nuestras letras, se lo volviera a censurar. Se autoexiló. Tomó la ciudadania mexicana... A pesar de la lejanía, desde el afuera, a partir de su País de cuatro pisos avivó el dialogo sobre la cultura en el país, diálogo al que volviera, más en paz, ya reconciliándose, con su Nueva visita al cuarto piso. Creo que desde la tumba el también tomaría esta nueva censura como una triste ironía.

Malena Rodríguez Castro me envió el siguiente escrito que reproduzco íntegro. Le agradezco que me diera permiso para protestar conmovida a través de sus palabras



Cada vez que enseño en mis cursos de Literatura comparada “La carta” de José Luis González, uno de mis cuentos preferidos, me sorprende la cantidad de estudiantes que lo conocen. Es uno de los ejercicios que aparecen con frecuencia en los textos escolares de español para que corrijan ortografía. Algunos comentan que, como Juan, todo puertorriqueño tiene en su familia inmediata alguien que emigró a la ciudad o al norte. Algunos se conmueven ante la demanda del pordiosero, su imposibilidad de ser cumplida: ingresar al Puerto Rico prometido de la bonanza y la ciudadanía. Setenta años después se adensan aún más los tiempos de oscuridad en tanto la ley se burla con despidos injustificados, tres olvidables al Supremo, el acecho a la colegiación y la derogación del derecho a la fianza, de nombramientos de incompetentes soberbios a las agencias, de la desfachatez de un estado que despacha los asuntos de la polis exhibiendo la ignorancia, el despotismo, el insulto y la vulgaridad como si fueran bienes, Pero la literatura resiste tal simpleza. En “La carta” la lengua se rarifica precisamente al acercar dos voces que habitan un mismo país, pero en distintas esferas: el pordiosero rural y el escritor urbano. Pero es la literatura quien nos los acerca, quien extiende el gesto de amistad hacia un lector renovado cada vez que lee la carta y la glosa. Seguiremos leyéndola? O será sólo un lujo para aquellos que asistan a escuelas privadas que no lo censuren de sus currículos o que, probablemente por azar, lleguen a un curso donde se incluya? Tendrá la misma suerte la crónica de un espejuelado escritor que asiste al entierro de Cortijo y escucha otras voces, tan puertorriqueñas como la suya, pero que le resultan desconocidas. Podremos habitar un país de muchas tribus cada cual con el mismo derecho a la palabra y a la diferencia? A su respeto, que no es lo mismo que la semejanza o el entendimiento cabal? Qué leerán nuestros hijos? Los descendientes de Melodía? Nuestros estudiantes? En qué país habitarán? El de la democracia o el de la torpeza, la ignorancia y el prejuicio? Es acaso gratuito que los primeros de los textos excluidos (adivinamos que otros le seguirán) son, precisamente, aquellos que. como la casona en que Aura y Felipe se encuentran, proponen mundos posibles, pero no coincidentes; esto es, la afortunada imposibilidad de la torre de Babel, de la ilusa pretensión de tener un solo nombre, una sola lengua, un solo cuerpo, un solo rostro, una sola creencia, un solo país. A estas alturas es el único puño que me interesa alzar: “La carta” ya lo había escrito. Ante ella me absuelvo de la falsa humildad del que se cita a sí mismo. Son tiempos de excepción, dirían los teóricos, en los cuales la suspensión de los derechos mínimos se normatiza. Como para aquel Juan.

"San Juan, puerto Rico
8 de marso de 1947
Querida bieja:
Como le desia antes de venirme, aqui las cosas me van vién

Pocas citas de la literatura puertorriqueña activan nuestra memoria cultural y afectiva del modo en que la narrativa de José Luis González lo hizo en sus relatos de los años cuarenta al sesenta, un periodo coyuntural que marcó el paso de un país agrario al industrial, del campo a la ciudad. El mendigo de “La carta” se afilia, como ha escrito Rubén Ríos en La raza cómica, al negrito Melodía de “En el fondo del caño hay un negrito” lanzándose tras su reflejo al caño de La Perla, espejismo del progreso anunciado por otro infante de los tiempos, el desarrollismo que acompañó el modelo político del estadolibrismo. Se afilia, también, en "Una caja de plomo que no se podía abrir”, al aullido de la madre ante el cadáver del hijo muerto en la Guerra de Corea cuyo dolor, intransferible e inarticulable, sólo encuentra morada en la mínima expresión de la lengua: el grito intolerable que no perturba el automatismo del protocolo militar.

La figura de Juan, solicitando los cuatro centavos de la estampilla, residenciando el no lugar de la estación de correos, invita a detenernos, a escuchar su relato, a atender la exigencia de su demanda, la distinción entre la justicia y el derecho; la apelación y la aplicación de la ley: (Sobre ello ha escrito Jacques Derrida: “Una experiencia, como su nombre indica es una travesía, pasa a través y viaja hacia un destino para el que aquella encuentra el pasaje…Ahora bien, no puede haber experiencia plena…de aquello que no permite el pasaje. A-poría es un no camino. La justicia sería, desde este punto de vista, la experiencia de aquello de lo que no se puede tener experiencia…Una voluntad, un deseo, una exigencia de justicia cuya estructura no fuera una experiencia de la aporía, no tendría ninguna posibilidad de ser lo que es, a saber una justa apelación a la justicia.” Fuerza de ley, Madrid, Tecnos, 1994, 38-39). La sobriedad del título, la brevedad del relato, la nimiedad de la trama, anticipan, paradójicamente, la retórica del encubrimiento de ese otro relato amañado en la inflexión oral, en el formato epistolar, en la discreta acotación del narrador. En efecto, este cuento problematiza la relación del escritor ante los nuevos procesos de desplazamiento y reconfiguración urbana emergentes con los cambios de soberanía y modernización del siglo XX. En "La carta", la promesa del envío del retrato como prueba eficiente del bienestar y ascenso social de Juan, si acaso se cumple, es en la imagen que le queda al lector: la de un hombre acuclillado pidiéndonos la bendición. (Sólo queda el envío de la carta, aquélla que llega a su destino aún cuando vaya sin destinatario cuando, como plantea Slavoj Zizek, nos interpela asestándonos el golpe de su proximidad insoportable, que es distinto del amor al semejante. De la carta, como del mendigo, cabe la pregunta si no es, en última instancia ”…no un significante sino, antes bien, un objeto que se resiste a la simbolización, un excedente, un residuo material que circula entre los objetos y mancha a su poseedor momentáneo.” Su fuerza icónica la refuerza la bastardilla, la puntada que marca la distancia entre su habla, cuyo efecto de inmediatez mediatiza la carta, y la puntualización del narrador culto. Un narrador que, parapeteado en la pretendida neutralidad de la tercera persona y del discurso indirecto, registra la escena como el lente de la cámara de la foto que nunca se tiró: la de un sujeto arrojado de los procesos de movilización social cuya peligrosidad reside en infestar el presente de esos años y su promesa de ley y bonanza para los nuevos ciudadanos. De manchar, con los restos desechables de la devastación todavía cercana, la utopía de una ruralía en una tradición literaria ante la cual González protestó en sus relatos. De confundir en el gesto performático las promesas del estado benefactor y del pordiosero. Y, es que, como escribe José Francisco Ramos:
Un mendigo no es sólo alguien que pide y depende de la misericordia de los demás. Un mendigo es alguien que se entrega a la intemperie, es decir, a la desnudez del sufrimiento. Si el acto de pedir es una humillación, el gesto del mendigo es una parábola de la insatisfacción, del volver a empezar una y otra vez, cada día, con el recuento del polvo y el presentimiento del olvido. (“El imposible humanismo” Actas del Simposio Las Humanidades. San Juan: UPR, 2000, 31))

En toda su obra crítica, Walter Benjamin insistió en que el presente ya está inscrito en las ruinas del pasado. Hoy un deambulante está incorporado, naturalizado en nuestro paisaje urbano. Pero en los cuarenta el canto de cisne del populismo precisaba su ocultación, su domesticación en las vitrinas de bienes y servicios y en la anunciada democratización de la “vida buena”. No obstante, aún circula la carta de Juan como impertinente molestia, exponiéndose a nuestra mirada sin el disfraz de su yo ideal, reducido a la desnuda existencia de ser el residuo de nuestras utopías ciudadanas. He ahí su ambiguedad y su amenaza: reescribir en cada lectura que hacemos de ella la traumática trama de nuestra modernidad desigual.

De “Gravitaciones: la ciudad que nos ciega”. Escribir la ciudad. Editoras Maribel Ortiz y Vanessa Vilches. San Juan:fragmentoimán, 2009.