viernes, 25 de noviembre de 2011

Crónica de un viaje con un cronista, un periodista viajero, una cantante y un niño

Fotos por Ernesto Trevisani Pérez

Saint Nazaire y Camboya:  Sabía que allí, en Saint Nazaire, había una casa de escritores y traductores.  Que se habían interesado por publicar literatura puertorriqueña y hacia allá íbamos a mover el avispero a ver si muerde esta literatura nuestra alguna mano despistada de algún lugar de por allá.

Todos los años publican esos franceses, los de la casa que dirije Patrick Deville, un número dedicado a dos antípodas.  Este año compartimos el evento con Camboya.  Cebolla, lo llamaba mi hijo Ernesto, quien fue parte de la comitiva de puertorriqueños que allí estábamos:  Edgardo Rodríguez Juliá, Héctor Feliciano, Ilca López (cantante de ópera y la deliciosa compañera de Edgardo) y yo.  Dos países en lugares estratégicos de contactos marítimos; Camboya fue colonia (protectorado) de Francia en el Siglo XIX.  Luego, durante la Segunda Guerra Mundial su destino estuvo ligado al de Viet Nam.  Los gringos decidieron entrar a Viet Nam por Camboya, que fue liberada por los vietnamitas cuando expulsaron a los gringos, sólo para que los líderes locales (Pol Pot), al amparo de China Comunista (los Rusos se ocuparon de Viet Nam) terminaran haciendo una limpieza interna que mató a casi dos millones de personas...  Es historia documentada.

Antípodas, dije...  Allá, en medio de ese conflicto se perdió un cuarto de la población, mientras que Puerto Rico se volvió la eufórica "vitrina de la democracia"; esto es, un lugar donde se inyectaba dinero para repeler el peligro rojo en América Latina.  Esos años, su esperanza y su fracaso, los cronicó Edgardo en su amplia escritura, por lo que me sentía bien acompañada.  Sin que eso quitara que la ignorancia del otro, por más que nos dediquemos a leer, era el muerto en el armario de la conferencia.

El editor de la parte camboyana, Phoeung Kompheak, del número 15 de la revue meet, en el que también aparecen escritos de Luis Rafael Sánchez, Edgardo Rodríguez Juliá, Magali García Ramis, Che Meléndez, Mayra Santos Febres, Rafael Acevedo, Francisco Font Acevedo, Yolanda Arroyo Pizarro, Ángel Lozada y Willie Perdomo, se me acercó, cuando apenas faltaba un día para que terminara el evento.  Con tufo a alcohol y cigarrillos, casi no me pudo decir lo que me dijo, lo que le entendí entre inglés y francés...  "Parle francais"  le dije que sí, algo...  para que abandonara la lengua de su lejano imperio y siguiera intentando hablar en un inglés fracturado, "amablemente" tratando de acercarse a mí...  excusándose...  Se supone que la conferencia sea para ponernos en contacto, decía, pero no nos han presentado.  Yo coordiné la parte de Camboya.  No nos han puesto a dialogar en las mesas que son de camboyanos o puertorriqueños con franceses...  Sí, pensaba yo con culpa.  En verdad los franceses nos traen a su circo.  No es que se trate de que nos integremos todos sino que ellos quieren saber, enterarse, sin que ello implique un diálogo en tres sentidos.  Pero nosotros mismos nos separamos. Yo me leí la introducción a la parte de Camboya; vi las películas que llevaron (¿Por qué nosotros no llevamos películas?)...  Todavía no había leído la selección literaria, aunque lo tenía en agenda (¿para cuándo?).  Las introducciones de las antípodas se parecen... la de quien me hablaba porque quería decirme algo, cuenta del esplendor de una civilización antigua vs. la ruina del periodo trágico del 1975 al 1979, de la búsqueda de identidad, de géneros inclasificables en el momento contemporáneo que van de la alegoría, al cuento filosófico, a la epopeya moderna, al cuento clásico, a la novela.  No; no es cierto que esté muy ocupada; he estado aquí disponible.  Sí podemos almorzar mañana (se le habrá pasado la borrachera).  Y bueno.  Quedamos en almorzar.  Me propuse leer la selección de los camboyanos para prepararme para el día siguiente, pero había tanto qué ver.

Los puertos que nos conectan-  Saint Nazaire había sido ocupada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.  La ciudad fue completamente destruida.  Sólo quedó el barrio cubano (ellos siempre sobreviven) de lo que fue la ciudad original.  Habrá habido un barrio cubano (y esto es una conjetura que estoy segura que es correcta) porque hasta la abolición de la esclavitud en el XIX Saint Nazaire era el puerto más importante para los tratantes de esclavos franceses.  Si había un barrio cubano habrá sido de tratantes de esclavos; ¿no?  Edgardo estaba fascinado.  Héctor es el periodista que escribió El museo desaparecido, libro súmamente importante en Francia y Estados Unidos, aunque casi desconocido aquí, donde testimonia cómo los nazis dedicaron gran parte de sus esfuerzos a robar arte de colecciones privadas judías.  Producto de una investigación detallada, el libro logró que museos del calibre del Louvre devolvieran algunas obras.  Héctor vivió en Francia dos décadas y conoce los códigos internos, por lo que nos orientaba.  Tiene una personalidad joven.  Mucha energía y generosidad.  Es un hombre de visión.  Pensaba que me gustaba conocerlo y escuchar lo que tuviera que decir (qué mucho habla Héctor, me decía Ernesto al oído, y yo le respondía que habla mucho porque sabe mucho; que lo escuchara con atención para aprender).  Los barcos venían de África a Saint Nazaire y de allí allí a las Américas.  También es un astillero importante.  Allí se hizo el Normandie.  Tienen un museo con explicaciones del proceso de construcción del barco, con fotos y pietaje de su primer viaje.  Era el barco más rápido en su momento.  Al estallar la Segunda Guerra, el barco se quedó esperando que cesaran las hostilidades en Nueva York.  Luego los aliados se lo apropiaron para transportar sus tropas.  Murió víctima de un incendio.  Le echaron tanta agua para apagar el fuego que lo hundieron en el muelle.  Murió desmayado el barco.  Hoy, si pagas doce Euros (18 dólares), puedes ver recreaciones de los camarotes, del comedor--donde te puedes tomar un café-- de la cubierta, incluso te bajan de la exposición en un barco salvavidas, de los que no había suficientes en el Titanic.  Edgardo, creo, allí se decidió a escribir la novela sobre el Normandie (qué envidia; quisiera ser yo quien la escriba, pero mejor que lo haga él).

La destrucción de la ciudad.  Los alemanes ocuparon la ciudad y construyeron unas estructuras de concreto armado justo en la boca de la Bahia.  Las paredes son de más de un metro de espesor.  Y si eso no bastara, pues está hecha la estructura en distintas capas, para que si una bomba destruye un techo, todavía le quede otro por destruir.  No se pudo tumbar eso.  Ni en la guerra ni después.  El objetivo era cobijar submarinos y para la curiosidad y el morbo de hoy hay un submarino al que se puede entrar.  A mí me dio un ataque de claustrofobia que por poco me desmayo.  Y pensar que esos hombres pasaban periodos de tres meses sumergidos.  Como dijo Ilca, pensar lo que el hombre se ha inventado para hacerle daño a otros seres humanos.  De la estación de trenes original hoy queda un muro.  Están haciendo un teatro.  El búnquer es hoy un lugar de cultura.  Allí se celebraba la conferencia.  Allí está la sede de la Maison.  Hoy en el astillero hacen cruceros.  Vi una película en el museo ecológico (¿?) donde había réplicas en miniatura de barcos históricos (otra vez el Normandie), del proceso mediante el cual hicieron el Queen Elísabeth que me parece que a veces ancla por estas partes.  Al día con los tiempos, hoy el astillero también hace aviones.  La Boeing está ahí.  En Saint Nazaire hay salinas.  Hacen caramelo y chocolate salados, sal, sal condimentada, además de muchas más maravillas francesas.

Desencuentro-  En el almuerzo al día siguiente, el camboyano que me había trabajado la culpa con tanta maestría estaba ya sobrio y desinteresado.  Lo estaban entrevistando para un periódico y no podía atenderme.  Quizás después.  Pero después yo tenía que ir al museo a ver cómo habría sido viajar en el Normandie.  Luego nos encontramos a la entrada de la actividad y le dije hablemos, y me dijo que nos tomáramos un café en otro lugar (aquí no se puede hablar, mientras yo miraba cándidamente a mi alrededor y me preguntaba por qué, si para eso precisamente habían habilitado el lugar).  Mientras se fumaba parsimoniosamente el cigarrillo y se terminaba la copa de vino que tenía en mano, hablaba con una señora que se apareció a hacerle conversación y me hacía esperar allí parada, yo pensaba que estaba por comenzar una conferencia en la que hablaría Héctor y que si ya se había tomado la mitad de las copas del día anterior la conversación sería difícil, así que me escapé, literalmente dándole la espalda y echándome a correr como una antípoda, a escuchar a Héctor hablar de arte.  Luego, de verdad, de verdad, de verdad, no tuve más tiempo, puesto que Ernesto reclama mucha atención...  Claro, eso, mientras Ilca abría los ojos cada vez que aquél, a quien ya honestamente le huía, se acercaba como disimulando a ver si podía entrarle a conversar de algún modo.  Era un asunto de comunicación.  Yo no entendía por qué tanta ceremonia para hablar, mientras que él no entendía que debíamos conversar y ya, sin decir "tenemos que conversar" que la introducción al discurso crea una confusión de expectativas y las distancias entre Puerto Rico y cebolla, digo, Camboya, es tanta que no hay por qué crear más tensiones de las necesarias...  No sé.  Esa es mi excusa.  Incluso lo cercano es lejano.  De Edgardo me he leído todos los libros (menos el último sobre Oller que no sabía que ya había salido y le prometí buscar para invitarlo a la radio) y sólo viéndolo sonreír mientras observa la alegría burbujeante de Ilca lo sentí finalmente, cercanamente, casi amigo.  Ilca es la alegría inteligente.  Hay que confesar: conversamos más entre nosotros, aunque en nuestras letras haya salido un libro sueco, uno alemán, otro chino más recientemente (Manuel Abreu Adorno  No todas las suecas son rubias, Cezanne Cardona La velocidad de lo perdido, Rafael Acevedo Flor de ciruelo y el viento) a veces me es mejor atrechar las lejanías más cortas.  Será que no estamos tan globalizados como creemos.  Pero hay que decirlo; los franceses nos trataron como reyes.  Comimos como cerdos.  Bebimos como camboyanos (ah, no, ya esto es maldad gratuita, dirán ustedes), nos tradujeron con una precisión y destreza que nos quedamos boquiabiertos.  Edagardo y Héctor estuvieron también generosos.  Le hicieron la promoción a los más jóvenes.  Edgardo recomendó La velocidad de lo perdido, Exquisito cadáver (Rafael Acevedo), la escritura de Pedro Cabiya y la de Rey Emmanuel Andújar.  Héctor recomendó el libro de Luis Negrón, titulado Mundo cruel, aunque por unos cuantos días para este grupo extraño, el mundo no haya sido tan cruel que digamos.

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