Una vez había tomado cervezas demás (antes me podía pasar) mientras acampaba en Culebra. Estaba sola en la playa. Los otros se habían ido por ahí. Se me ocurrió ponerme la careta y el tubo para respirar, las chapaletas, e irme a mirar la naturaleza marina (soy buzo con licencia, este gesto no es complicación ni novedad). Ya en el agua veo un tiburón, una barracuda, una morena gigante que me ronda. Trato de calmarme (es la nota; ese animal no puede estar aquí tan cercano a la orilla). Pero no puedo evitar salir corriendo (repetir el milagro de caminar sobre el agua) y tirarme a salvo en la primera arena seca que encuentro. Al rato llega alguien; no recuerdo quién. Observa mi palidez. ¿Qué te pasó? pregunta, "Parece que viste un fantasma" añade. Me río de mi tiburón, barrucuda, morena imaginarios... (o reales, quién sabe).
Lo que describo arriba fue un ataque de pánico. Aquello fue hace tiempo. Sigue la descripción de otro.
Estoy tomando cervezas y hablando con un compañero dominicano. Le describo la crisis del país porque pregunta, como preguntan todos los Latinoamericanos: ¿Qué son ustedes? Repito algunos de mis argumentos más cínicos. "No me digas que en tu país no se hace lo que digan los gringos". "Me atrevo a apostar que, si contamos, en México hay tantos Mc Donalds como en Puerto Rico". "La primera vez que fui a Cuba estaban dando los "Ninja turtles" en el cine... Al bizcocho le dicen cake y a las bolsas de plástico les dicen nylon".
Pero esta vez el argumento era la crisis. Yo decía algo así como "Hemos entrado en una etapa". Me imaginaba un ciclo de crisis y protestas, pero sin que cambiara nunca nada escencial (bueno, perdimos la telefónica pero sacamos la marina de Vieques). Me encabalgo cada vez más en el pasado para tratar de determinar el punto de inicio de la crisis. Pienso en derechos adquiridos que hemos ido perdiendo sin protestar, y en las protestas que se han hecho y lo que han ganado (ahora nos venden el agua potable, antes había fuentes en los parques, pero la marina...). La nota sirve para entender a veces. De momento veo un tiburón, una barracuda, una morena... "¿Y si no es una etapa sino una crisis permanente a la que hemos entrado, de la cual no saldremos como antes; no iguales, no intactos?"
"Bienvenida a Latinoamerica", fue la respuesta, enmarcada en una gran sonrisa, del compañero dominicano.
Blog de Melanie Pérez Ortiz. Pensaré en letra lumínica sobre literatura y cultura. Desde Puerto Rico.
jueves, 27 de mayo de 2010
jueves, 20 de mayo de 2010
Pura coincidencia
Comenzando el libro del escritor español José Ovejero, titulado "Añoranza del héroe", que trata sobre un abuelo suyo, según me contaron, quien huyendo de Franco se vuelve revolucionario en Cuba (me encanta ver cuantos escriben anclados en más de una parte, más de una realidad, como este héroe con más de una familia; una en España y otra en Cuba, esto es, la historia que nos une) leo la siguiente descripción de cómo empieza a cuajarse la resistencia a Machado, quien luego fuera derrocado:
"Los siguientes meses fueron de una tensa expectación. Se hablaba de la huelga general, de los efectos de la Ley de Emergencia Económica que aumentaba los impuestos al consumo, de los bajos salarios, del hambre. Pero aún pocos soñaban con la revolución. Lo más que se atrevían a esperar la mayoría de los cubanos era que Machado, saciado en su rapiña, decidiese abandonar el país para disfrutar su riqueza en latitudes más tranquilas. En las ciudades sí parecía el descontento llevar a la acción, aunque desordenada. Allá alborotaban los estudiantes, estallaban petardos, se firmaban manifiestos y denuncias, cundía el grupo rabioso de los conspiradores, al tiempo que la "porra" hacía desaparecer sospechosos, torturaba indefensos, distribuía favores y jurisdicciones." (24)
Cualquier parecido con la realidad puertorriqueña actual es pura coincidencia.
"Los siguientes meses fueron de una tensa expectación. Se hablaba de la huelga general, de los efectos de la Ley de Emergencia Económica que aumentaba los impuestos al consumo, de los bajos salarios, del hambre. Pero aún pocos soñaban con la revolución. Lo más que se atrevían a esperar la mayoría de los cubanos era que Machado, saciado en su rapiña, decidiese abandonar el país para disfrutar su riqueza en latitudes más tranquilas. En las ciudades sí parecía el descontento llevar a la acción, aunque desordenada. Allá alborotaban los estudiantes, estallaban petardos, se firmaban manifiestos y denuncias, cundía el grupo rabioso de los conspiradores, al tiempo que la "porra" hacía desaparecer sospechosos, torturaba indefensos, distribuía favores y jurisdicciones." (24)
Cualquier parecido con la realidad puertorriqueña actual es pura coincidencia.
viernes, 14 de mayo de 2010
De festivales y monstruos
Dos o tres días antes, cuando todavía parecía que estábamos jugando a hablar de un Festival que no era cierto, andaba mostrando la playa y las selvas tropicales a mi nueva comadre, la escritora cubana Karla Suárez. De casualidad pasamos por Ballajá. Íbamos a otra cosa, la Karla turista quería ver el Morro, pero digo "Aquí será el Festival". Señalo Ballajá. Entremos, dice ella. Se queda con la boca abierta. "Oiga, comadre, pero este sitio es grande". ¿Y si llueve? Yo, que he asumido el candor como estilo de vida, comienzo entonces a preocuparme. Cuando vuelvo a ver a Fajardo (José Manuel, escritor español, Director de Programación del Festival) le digo, como haciéndole eco a la cubana: "Oye, ¡pero ese sitio es grande! ¿Se está haciendo promoción?" Me dice que sí y que me despreocupe. Pienso que vienen escuelas y que son 100 escritores (público cautivo, aunque los escritores no se dejan cautivar, a veces hablan y escapan). Durante los próximos días, en almuerzos y cenas, en chiste, urdimos planes para atraer la gente a Ballajá, la flauta de Hamelín, por ejemplo, para luego cerrar la puerta y dejarlos a todos dentro hasta el final, contratar a Buñuel de Jefe de programación era otra posibilidad. Saben que cuando él dirije, la gente no se puede ir.
El día antes estamos un grupo midiendo y clavando cuadros de la exposición de Mordzinski. Los trabajadores del gobierno se fueron a las 3:30 y el argentino, que resultó ser un Romeo o Pepé le Pou (cuántas manos besó) brillante en muchos sentidos, simpático en todos, se fue en brote. Llegó el apoyo más emocional que práctico, porque en mi casa pongo los cuadros virados. Mido a ojo y donde quede está bien. Pero bueno, tengo inteligencia y debo usarla a veces, así que cuánto mide esta pared, cuánto los cuadros, y cómo lograr que queden centrados a tal distancia del suelo, con una pulgada entre ellos. Bueno, se hizo. Es cierto que movimos un clavo de lugar 4 veces, pero se hizo lo que había que hacer y alguna que otra travesura adicional (lo digo con pudor y vergüenza, apenas llegamos me comí la cena de quienes llevaban allí horas trabajando... la cubana ayudó). Gracias al escritor español José Ovejero, quien sí sabía medir clavos.
Llega el día, como siempre pasa inevitablemente. Nos lanzamos y allí está la gente. Bajo la lluvia está la gente. Movimos una charla a la Sala Mordzinski (Mempo Giardinelli, Leonardo Padura, Sergio Ramírez, la palabra y el poder) por la lluvia, pero la sala abarrotada de gente esperó con paciencia el nuevo montaje técnico. Bajo el calor está la gente y repartimos abanicos. La gente llegó; está.
Me entero con alegría de que Paco Ignacio Taibo II (escritor español residente en méxico; buenísimo) iría acompañado de Pilar Quintana (la aguerrida colombiana) a piquetear con los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico en huelga. Al día siguiente me cuentan... "¡Los puertorriqueños bailan en los piquetes! ¡No me llamen upi, llámenme candela, candela, candela!" Algo sobre la alegría en contextos de dictadoras y violencia dicen los panelistas de la mesa sobre escribir el horror. El angolano Ondjaki cuenta que su abuela llora cuando le tienen que cortar un dedo del pie debido a la artritis, porque "no podrá ya bailar". Le mandamos un saludo desde la mesa a los estudiantes en huelga. Nos solidarizamos.
Ojo. Este es el punto clave de esta crónica mínima. Hablan el escritor chileno Luis Sepúlveda y el italiano Bruno Arpaia de la palabra y el poder. A fin de cuentas hablan de la esperanza y la utopía. No tengo que decir que Puerto Rico es un lugar medio desesperanzado. En estos días, sin embargo, tenemos las universidades en huelga y el apoyo de la prensa y las distintas comunidades de la esfera pública, profesores incluidos, quienes se han opuesto a conflictos huelgarios anteriores. La esperanza por una sociedad justa que se ocupe de sus ciudadanos y goce de libertad, de cultura, de sosiego... Esa esperanza no se puede abandonar. Yo que pretendo una dureza que es más impostura que otra cosa, me escondí detrás del escenario para que no viera nadie que lloraba conmovida.
Luego una fiesta y a bailar con esos maravillosos escritores, muchos de los cuales son amigos hace un tiempo, otros nuevos amigos ya dados por seguros. A bailar con los nuevos amigos que colaboraron en la producción del evento con paciencia, cariño, diligencia, eficacia...
El domingo era día de la madre; me fui con mi hijo. Leí en la prensa que también quedó bonito el regalo de un libro y una flor para mamá. Volví cuando ya todo había acabado, pero esas bestias raras que son los escritores se niegan a irse. Todavía andan algunos encarnados, otros en espíritu rondado la isla.
Y nos han amenazado con volver.
El día antes estamos un grupo midiendo y clavando cuadros de la exposición de Mordzinski. Los trabajadores del gobierno se fueron a las 3:30 y el argentino, que resultó ser un Romeo o Pepé le Pou (cuántas manos besó) brillante en muchos sentidos, simpático en todos, se fue en brote. Llegó el apoyo más emocional que práctico, porque en mi casa pongo los cuadros virados. Mido a ojo y donde quede está bien. Pero bueno, tengo inteligencia y debo usarla a veces, así que cuánto mide esta pared, cuánto los cuadros, y cómo lograr que queden centrados a tal distancia del suelo, con una pulgada entre ellos. Bueno, se hizo. Es cierto que movimos un clavo de lugar 4 veces, pero se hizo lo que había que hacer y alguna que otra travesura adicional (lo digo con pudor y vergüenza, apenas llegamos me comí la cena de quienes llevaban allí horas trabajando... la cubana ayudó). Gracias al escritor español José Ovejero, quien sí sabía medir clavos.
Llega el día, como siempre pasa inevitablemente. Nos lanzamos y allí está la gente. Bajo la lluvia está la gente. Movimos una charla a la Sala Mordzinski (Mempo Giardinelli, Leonardo Padura, Sergio Ramírez, la palabra y el poder) por la lluvia, pero la sala abarrotada de gente esperó con paciencia el nuevo montaje técnico. Bajo el calor está la gente y repartimos abanicos. La gente llegó; está.
Me entero con alegría de que Paco Ignacio Taibo II (escritor español residente en méxico; buenísimo) iría acompañado de Pilar Quintana (la aguerrida colombiana) a piquetear con los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico en huelga. Al día siguiente me cuentan... "¡Los puertorriqueños bailan en los piquetes! ¡No me llamen upi, llámenme candela, candela, candela!" Algo sobre la alegría en contextos de dictadoras y violencia dicen los panelistas de la mesa sobre escribir el horror. El angolano Ondjaki cuenta que su abuela llora cuando le tienen que cortar un dedo del pie debido a la artritis, porque "no podrá ya bailar". Le mandamos un saludo desde la mesa a los estudiantes en huelga. Nos solidarizamos.
Ojo. Este es el punto clave de esta crónica mínima. Hablan el escritor chileno Luis Sepúlveda y el italiano Bruno Arpaia de la palabra y el poder. A fin de cuentas hablan de la esperanza y la utopía. No tengo que decir que Puerto Rico es un lugar medio desesperanzado. En estos días, sin embargo, tenemos las universidades en huelga y el apoyo de la prensa y las distintas comunidades de la esfera pública, profesores incluidos, quienes se han opuesto a conflictos huelgarios anteriores. La esperanza por una sociedad justa que se ocupe de sus ciudadanos y goce de libertad, de cultura, de sosiego... Esa esperanza no se puede abandonar. Yo que pretendo una dureza que es más impostura que otra cosa, me escondí detrás del escenario para que no viera nadie que lloraba conmovida.
Luego una fiesta y a bailar con esos maravillosos escritores, muchos de los cuales son amigos hace un tiempo, otros nuevos amigos ya dados por seguros. A bailar con los nuevos amigos que colaboraron en la producción del evento con paciencia, cariño, diligencia, eficacia...
El domingo era día de la madre; me fui con mi hijo. Leí en la prensa que también quedó bonito el regalo de un libro y una flor para mamá. Volví cuando ya todo había acabado, pero esas bestias raras que son los escritores se niegan a irse. Todavía andan algunos encarnados, otros en espíritu rondado la isla.
Y nos han amenazado con volver.
miércoles, 5 de mayo de 2010
CARTA ABIERTA DE Mercedes López Baralt
Merce me entrega a la mano esta carta. Por medio de sus palabras me solidarizo con los estudiantes:
¡QUE VIVAN LOS ESTUDIANTES!
En estos tiempos recios en que la esperanza parece haberse rendido en nuestro país, los etudiantes la han rescatado en el verdor de los prados de la Universidad de Puerto rico. Sus reclamos son justos y piden diálogo. Están organizados en una suerte de hermandad edénica: leen, escriben en sus computadoras, juegan a la pelota, duermen a la intemperie, comparten alimento, limpian el campus, y, con ingenio admirable, han creado su porpia estación radial. Han formado comunidad.
Al hacerlo, han soltado al vuelo la esperanza, multiplicada prodigiosamente en los demás recintos y enmiles de corazones que piden con Sabina que el diccionario detenga las balas. ¿Por qué nos hechiza su gesta? Porque da voz al reclamo silencioso de un pueblo que ya no aguanta más los abusos de poder. Porque son el futuro. Y porque la comunidad es el rostro de la fugitiva utopía, que hoy nos sonríe desde la Torre.
Merdeces López-Baralt
Universidad de Puerto Rico
¡QUE VIVAN LOS ESTUDIANTES!
En estos tiempos recios en que la esperanza parece haberse rendido en nuestro país, los etudiantes la han rescatado en el verdor de los prados de la Universidad de Puerto rico. Sus reclamos son justos y piden diálogo. Están organizados en una suerte de hermandad edénica: leen, escriben en sus computadoras, juegan a la pelota, duermen a la intemperie, comparten alimento, limpian el campus, y, con ingenio admirable, han creado su porpia estación radial. Han formado comunidad.
Al hacerlo, han soltado al vuelo la esperanza, multiplicada prodigiosamente en los demás recintos y enmiles de corazones que piden con Sabina que el diccionario detenga las balas. ¿Por qué nos hechiza su gesta? Porque da voz al reclamo silencioso de un pueblo que ya no aguanta más los abusos de poder. Porque son el futuro. Y porque la comunidad es el rostro de la fugitiva utopía, que hoy nos sonríe desde la Torre.
Merdeces López-Baralt
Universidad de Puerto Rico
domingo, 2 de mayo de 2010
Conversación
A los estudiantes en huelga. Por rescatar la utopía posible y creer en el diálogo.
Convesar con muertos brillantes que han movido por siglos o por instantes algo en cierta historia de gente que lee. Conversar con vivos que se sienten amigos porque nos hurgan las llagas y luego nos dan un abrazo o porque nos hacen reír cuando en verdad teníamos ganas de llorar o nos dejan llorar tranquilos o nos acompañan a llorar. Conversar sobre el mundo y sus engranajes hoy. Preguntarse qué tiene que ver la palabra escrita con esos engranajes o con los que hacen que mi cuerpo respire, sude, se levante o se vuelva un montón de piedras (como Pedro Páramo). Atrevernos a pensar nuevamente en voz alta en las utopías posibles. Escaparnos a conversar sentados en una esquina, agarrados a una cerveza (o un café, o un poco de agua). Cantar, bailar, volvernos todos mujeres al borde de un ataque de nervios. Enterarnos de que había gente que nos estaba diciendo algo y no nos habíamos dado cuenta. Tener la oportunidad de reaccionar a esa interpelación. Conversar en persona o remotamente, a viva voz, o como entre sueños, sólo con notar que se comparte o aborrece un gesto.
Más allá del insularismo. Los conventillos literarios ya no funcionan. La conversación no es sólo con los cuatro que están de acuerdo conmigo y que coinciden en el gusto por la misma marca de café. Hay que conversar con el mundo. Traer al mundo a la isla. Salir a verlo. Mirar hacia el Caribe, hacia Estados Unidos, hacia América Latina y Europa (de todas partes vienen esos seres raros que se llaman escritores). A esa fiesta se invita al pueblo de Puerto Rico, a partir del martes próximo. Ojalá que acepten la invitación, se vistan de gala, y vengan, que pa conversar hacen falta dos, y a veces, como ahora, más.
Convesar con muertos brillantes que han movido por siglos o por instantes algo en cierta historia de gente que lee. Conversar con vivos que se sienten amigos porque nos hurgan las llagas y luego nos dan un abrazo o porque nos hacen reír cuando en verdad teníamos ganas de llorar o nos dejan llorar tranquilos o nos acompañan a llorar. Conversar sobre el mundo y sus engranajes hoy. Preguntarse qué tiene que ver la palabra escrita con esos engranajes o con los que hacen que mi cuerpo respire, sude, se levante o se vuelva un montón de piedras (como Pedro Páramo). Atrevernos a pensar nuevamente en voz alta en las utopías posibles. Escaparnos a conversar sentados en una esquina, agarrados a una cerveza (o un café, o un poco de agua). Cantar, bailar, volvernos todos mujeres al borde de un ataque de nervios. Enterarnos de que había gente que nos estaba diciendo algo y no nos habíamos dado cuenta. Tener la oportunidad de reaccionar a esa interpelación. Conversar en persona o remotamente, a viva voz, o como entre sueños, sólo con notar que se comparte o aborrece un gesto.
Más allá del insularismo. Los conventillos literarios ya no funcionan. La conversación no es sólo con los cuatro que están de acuerdo conmigo y que coinciden en el gusto por la misma marca de café. Hay que conversar con el mundo. Traer al mundo a la isla. Salir a verlo. Mirar hacia el Caribe, hacia Estados Unidos, hacia América Latina y Europa (de todas partes vienen esos seres raros que se llaman escritores). A esa fiesta se invita al pueblo de Puerto Rico, a partir del martes próximo. Ojalá que acepten la invitación, se vistan de gala, y vengan, que pa conversar hacen falta dos, y a veces, como ahora, más.
miércoles, 21 de abril de 2010
Media sonrisa
Le pusieron el arma en la mano. Era la primera vez que tenía ese metal pesado entre sus dedos. Había sido un niño bueno. Tan bueno como le permitieran los puñetazos que los distintos novios le daban a su madre en el ojo y la cuchillada que vio a sus ocho años, metida en el vientre de otro chamaquito, cuando fue a capear en el caserío de la esquina un moto, marihuana enrolada ya pa que no pasara trabajo, por tres pesos. No se asustó entonces por la sangre ni ahora cuando sentía el objeto frío que guardó con cuidado. Imaginó que la poseción del artefacto que le habían prestado, "por dos o tres semanitas; en lo que se calma el don", era la evidencia de que se había hecho hombre. No los chillidos que le sacaba a la doñita, blanquita como la nieve de los cuentos que nunca había visto, pues no había viajado más allá de Disney. Sabía que hacerse hombre nada tenía que ver con eso, desde las pajas de los 12 años cuando se empeñó con paciencia en conquistar esa cima que le parecía común y banal. Ignorante de sus talentos, suponía que cualquiera podía apuntar un fusil de carne como el suyo y hacer saltar fuera los quejidos, casi silenciosos, primero, desesperados después, hasta que, riéndose, ese fino bombón de menta tenía que taparse la boca para no espantar a los vecinos. Pero ahora lo estaban buscando y tenía que andar con el acero para defenderse.
Allá en su casa con jardinero y cocinera, ella lamentaba haberse quedado sin su chocolate. No que el marido se hubiera dado cuenta, finalmente, luego de que ella hubiera paseado con descaro su caramelo por discotecas y barras, siempre por poco tiempo, porque por más que intentaran salir a pasear, las urgencias se imponían y en medio de la mejor parte del concierto de reggae, rap, reggaetón o salsa, se olvidaban de lo que habían pagado de taquilla o que faltaba que tocara la mejor banda, con la certeza de que el espectáculo estaba por comenzar en otra parte. Luego llegar a la casa un poco mareada y cansadíssssima, de la reunión con las amigas. Ella, que había hablado poco con el dulce ese (¿para qué contarle que el manicurista se había retrasado nuevamente?) y lo había escuchado también soltar pocas líneas que no hablaran de lo rica que estaba, mejor que las mozuelas que todavía no sabían qué hacer luego de la conquista que no era tal, siempre seguras del éxito de sus pestañas (esa piel, esas nalgas duras, doña), ella sabía que aquél sabría cómo se intruduce metal entre las costillas del prójimo para acortar ínfulas de venzanza. El marido sabía muy bien cómo y cuándo experimentar con las altas y bajas de la bolsa, pero no sabría que no hay tiempo para altas y bajas de conciencia cuando uno está de frente al enemigo. El chiquito lo sabía porque lo llevaba en la familia, el barrio y los amigos, como quien le hizo el préstamo solidario, que luego pasaría a facturar de cualquier modo. Nada de esos detalles sabía ella, claro, no era adivina y habían roto comunicación. Pero se lo había leído en la pinta de camisas anchas, cadenón de oro que valía lo mismo que su sortija de casada, pantalla en la oreja izquierda, el tumbe con el que se acomodaba los guevos cuando la veía, hacía media sonrisa y la halaba por el pelo para acercarla a su paquete, a su boca. Ella lo había visto y sabía sin saber que se defendería siempre en la vida con otra arma que, luego de devolver la primera que le prestaron, se compraría asegurándose de que estuviera limpia. Le había gustado la seguridad que se sentía al cargar con el metal pesado entre el pantalón y la nalga derecha. Y, bueno, había hablado con unos amigos, estaba por invertir en un negocio que lo dejaría forrao y sin problemas.
Nadie sabía, pero en el instante en que él se recostara de un carro cualquiera, en frente de la barra que frecuentaba en su pueblo, cigarrillo de pasto en la mano y nalgas protegidas por la sensación fría, que misteriosamente se sentía caliente en el pecho, habría de pasar otra doñita. Él se agarrará las pelotas como por instinto. Sin darse cuenta esbozará media sonrisa. Ella se dejará halar.
Allá en su casa con jardinero y cocinera, ella lamentaba haberse quedado sin su chocolate. No que el marido se hubiera dado cuenta, finalmente, luego de que ella hubiera paseado con descaro su caramelo por discotecas y barras, siempre por poco tiempo, porque por más que intentaran salir a pasear, las urgencias se imponían y en medio de la mejor parte del concierto de reggae, rap, reggaetón o salsa, se olvidaban de lo que habían pagado de taquilla o que faltaba que tocara la mejor banda, con la certeza de que el espectáculo estaba por comenzar en otra parte. Luego llegar a la casa un poco mareada y cansadíssssima, de la reunión con las amigas. Ella, que había hablado poco con el dulce ese (¿para qué contarle que el manicurista se había retrasado nuevamente?) y lo había escuchado también soltar pocas líneas que no hablaran de lo rica que estaba, mejor que las mozuelas que todavía no sabían qué hacer luego de la conquista que no era tal, siempre seguras del éxito de sus pestañas (esa piel, esas nalgas duras, doña), ella sabía que aquél sabría cómo se intruduce metal entre las costillas del prójimo para acortar ínfulas de venzanza. El marido sabía muy bien cómo y cuándo experimentar con las altas y bajas de la bolsa, pero no sabría que no hay tiempo para altas y bajas de conciencia cuando uno está de frente al enemigo. El chiquito lo sabía porque lo llevaba en la familia, el barrio y los amigos, como quien le hizo el préstamo solidario, que luego pasaría a facturar de cualquier modo. Nada de esos detalles sabía ella, claro, no era adivina y habían roto comunicación. Pero se lo había leído en la pinta de camisas anchas, cadenón de oro que valía lo mismo que su sortija de casada, pantalla en la oreja izquierda, el tumbe con el que se acomodaba los guevos cuando la veía, hacía media sonrisa y la halaba por el pelo para acercarla a su paquete, a su boca. Ella lo había visto y sabía sin saber que se defendería siempre en la vida con otra arma que, luego de devolver la primera que le prestaron, se compraría asegurándose de que estuviera limpia. Le había gustado la seguridad que se sentía al cargar con el metal pesado entre el pantalón y la nalga derecha. Y, bueno, había hablado con unos amigos, estaba por invertir en un negocio que lo dejaría forrao y sin problemas.
Nadie sabía, pero en el instante en que él se recostara de un carro cualquiera, en frente de la barra que frecuentaba en su pueblo, cigarrillo de pasto en la mano y nalgas protegidas por la sensación fría, que misteriosamente se sentía caliente en el pecho, habría de pasar otra doñita. Él se agarrará las pelotas como por instinto. Sin darse cuenta esbozará media sonrisa. Ella se dejará halar.
domingo, 11 de abril de 2010
Quién sabe; de fondo unos tiros
No sé cuándo, no hace mucho, seguro, pensaba que pa dedicarme a las letras tenía que ponerme un disfraz de algo, aprenderme un diccionario de memoria para poder decir nenúfares cuando esa es la palabra que cabe (¿cuándo?) o referirme al acaso e implicar distintos sentidos, todos los que ese libraco (mataburros, decían los maestros con la ironía de entonces) enumera. Me tenía que estudiar la gramática y no confundir el pluscuamperfecto con otras formas del indicativo o el subjuntivo. Recordar las concordancias, despedirme del seseo para siempre, del yeísmo. Ay, Dios, tantas cosas se pedían a alguien que hablaba (habla) con r velar y se come las s hasta llenarse de aire. ¿Y eso qué tenía que ver con que Pirulo le entrara a gahnatás a la jeva hacia el final de la novela; con esa violencia ominosa que me decía algo?
No sé por qué insistí. En verdad me aburría la idea de ser correcta en el sentido de la lengua y en otros que no confesaré aquí. Tal vez me llevó esta ruta porque más allá de las reglas que uno siempre puede olvidar (para eso están) ese mundo de letras me decía cosas que no encontraba dichas por otra parte.
Pienso en los modos en que los letrados quisieron llevar ese mundo al pueblo; los indigenismos o negrismos, el realismo social, el costumbrismo, que nada tienen que ver con la gente que se supone que representaban. Pienso en las letras hoy, tan desilusionadas de todo eso y asumiéndose como un mundo en sí, suyo, para sí, pero que igual dice cosas para quien tenga los libros leídos y la paciencia para descifrar. Pienso y a veces me vuelvo a preguntar por el sentido y la razón de tantas letras que ocupan unas cuantas vidas; cómo es que salen de esa encerrona y llegan, si llegan, otra vez a tener algo que ver conmigo y si no conmigo con otro cualquiera que paga cuentas, se harta del trabajo o se preocupa porque no lo tiene, o anda también harto de la posición misionera, le da calor, o se ríe un rato por cualquier cosa sin pensar en lo otro. ¿Qué es lo que dicen los libros? Se oyen unos tiros de fondo. Y yo sigo escribiendo y leyendo y haciéndome preguntas pendejas.
Tal vez alguien escriba una buena novela en la que haya muchos tiros y nos haga entender algo. O tal vez no. Tal vez el que escribe no ha sido encañonao ni ha encañonao a nadie (recuerdo una vez que ante una pistola--¿o revólver, preguntó el policía-- me ví tirada en un mangle con hormigas saliendo por mi boca; recuerdo un hermano muerto, otro que no cuenta los parajes por los que ha andado). Tal vez otra escriba otro buen relato, lleno de chingoteos que inspiren a quien se aburre, o le den idea a quien sabe como no hacerlo, en complicidades sadeanas. Tal vez otro reflexione sobre la vida que es infinita como un río aunque siempre sea distinta, sobre la muerte que siempre gana aunque nos la chinguemos. Quizá alguien hable de las crueldades que practicamos y sufrimos a diario y logre hacer que otro llore o se ría, o piense en el proceso. No sé.
Leer cuesta, escribir más. Son actividades que cansan y agobian. Necesitan adiestramiento, insistencia, concentración y paciencia, aunque liberen de algún modo a quien practica o a quien comparte. Me imagino la posibilidad de compartir de otros modos a los usuales. Compartir la experiencia de unos procesos y sus resultados, desde la oralidad. De la letra a la boca, allí donde se escuche; en medio de una plaza quizás, como en los tiempos primitivos del libro, como hacen en misa; donde haya mucha gente que tal vez oiga o tal vez no. Quién sabe si se detienen. Quién sabe si se les ocurre preguntar o acusar o contradecir, o asentir.
Pienso en una madre atea. En un niño que pregunta por el sentido de todo e intuye respuestas donde otros le han dicho que se encuentran. Van a alquilar una película, en chanclas, con el sudor y los olores del día encima. Pasando por el frente de una iglesia ven que entran los que se visten de domingo y van a misa. Sin miedo a la alternativa que ella ha desechado, le pregunta si quiere entrar. Tiene curiosidad y sabe pensar; llegará a sus conclusiones. Él se entusiasma, dice que sí. Se sientan en una esquina atrás. Ella explica el rito tantas veces vivido (ahora todos de pie, aquí se canta, se leen estas cuatro lecturas, después se predica, luego se come el pan y al final se dan la mano). Él, que había pasado horas jugando XBox, se impacienta... ¿Es muy larga? ¿Cuánto es una hora? ¿Todo esto hay que leer? ¿Por qué no me puedo sentar? ¿Qué quiere decir compasión? Ella se fija en los olores a esperma, en las luces tenues, en el ritmo pausado, sumamente pausado, en la concentración necesaria para poder seguir la prédica del cura (demasiado abstracta y llena de frases hechas para aquellos tiros). Se fija en el sentido de las palabras compasión, caridad, misericordia. "Padecer (sentir) con el otro lo que el otro siente; ponerse en sus zapatos o que el otro lo haga por uno". ¿Por qué entramos aquí? Porque tú querías. ¿Nos podemos ir? Nos vamos. Caminamos a alquilar la película. Hablamos de otras cosas. Ella se queda pensando si los años de vivir el rito le adiestraron la mente para un ritmo que él no conoce. Se insiste al preguntar si hace falta ese ritmo. El letrado moderno quiso suplantar al cura. No se trata de guiar destinos, pero sí de conversar al paso de las palabras a trote, de quien está allí para eso. Bueno, ese ritmo lo vivió una vez en que se quedó horas mirando una laguna salada, se dijo. Los siguió el trote los pasos en la conversación camino al Blockbusters y de vuelta (nos vamos caminando, había dicho ella).
Quién sabe.
No sé por qué insistí. En verdad me aburría la idea de ser correcta en el sentido de la lengua y en otros que no confesaré aquí. Tal vez me llevó esta ruta porque más allá de las reglas que uno siempre puede olvidar (para eso están) ese mundo de letras me decía cosas que no encontraba dichas por otra parte.
Pienso en los modos en que los letrados quisieron llevar ese mundo al pueblo; los indigenismos o negrismos, el realismo social, el costumbrismo, que nada tienen que ver con la gente que se supone que representaban. Pienso en las letras hoy, tan desilusionadas de todo eso y asumiéndose como un mundo en sí, suyo, para sí, pero que igual dice cosas para quien tenga los libros leídos y la paciencia para descifrar. Pienso y a veces me vuelvo a preguntar por el sentido y la razón de tantas letras que ocupan unas cuantas vidas; cómo es que salen de esa encerrona y llegan, si llegan, otra vez a tener algo que ver conmigo y si no conmigo con otro cualquiera que paga cuentas, se harta del trabajo o se preocupa porque no lo tiene, o anda también harto de la posición misionera, le da calor, o se ríe un rato por cualquier cosa sin pensar en lo otro. ¿Qué es lo que dicen los libros? Se oyen unos tiros de fondo. Y yo sigo escribiendo y leyendo y haciéndome preguntas pendejas.
Tal vez alguien escriba una buena novela en la que haya muchos tiros y nos haga entender algo. O tal vez no. Tal vez el que escribe no ha sido encañonao ni ha encañonao a nadie (recuerdo una vez que ante una pistola--¿o revólver, preguntó el policía-- me ví tirada en un mangle con hormigas saliendo por mi boca; recuerdo un hermano muerto, otro que no cuenta los parajes por los que ha andado). Tal vez otra escriba otro buen relato, lleno de chingoteos que inspiren a quien se aburre, o le den idea a quien sabe como no hacerlo, en complicidades sadeanas. Tal vez otro reflexione sobre la vida que es infinita como un río aunque siempre sea distinta, sobre la muerte que siempre gana aunque nos la chinguemos. Quizá alguien hable de las crueldades que practicamos y sufrimos a diario y logre hacer que otro llore o se ría, o piense en el proceso. No sé.
Leer cuesta, escribir más. Son actividades que cansan y agobian. Necesitan adiestramiento, insistencia, concentración y paciencia, aunque liberen de algún modo a quien practica o a quien comparte. Me imagino la posibilidad de compartir de otros modos a los usuales. Compartir la experiencia de unos procesos y sus resultados, desde la oralidad. De la letra a la boca, allí donde se escuche; en medio de una plaza quizás, como en los tiempos primitivos del libro, como hacen en misa; donde haya mucha gente que tal vez oiga o tal vez no. Quién sabe si se detienen. Quién sabe si se les ocurre preguntar o acusar o contradecir, o asentir.
Pienso en una madre atea. En un niño que pregunta por el sentido de todo e intuye respuestas donde otros le han dicho que se encuentran. Van a alquilar una película, en chanclas, con el sudor y los olores del día encima. Pasando por el frente de una iglesia ven que entran los que se visten de domingo y van a misa. Sin miedo a la alternativa que ella ha desechado, le pregunta si quiere entrar. Tiene curiosidad y sabe pensar; llegará a sus conclusiones. Él se entusiasma, dice que sí. Se sientan en una esquina atrás. Ella explica el rito tantas veces vivido (ahora todos de pie, aquí se canta, se leen estas cuatro lecturas, después se predica, luego se come el pan y al final se dan la mano). Él, que había pasado horas jugando XBox, se impacienta... ¿Es muy larga? ¿Cuánto es una hora? ¿Todo esto hay que leer? ¿Por qué no me puedo sentar? ¿Qué quiere decir compasión? Ella se fija en los olores a esperma, en las luces tenues, en el ritmo pausado, sumamente pausado, en la concentración necesaria para poder seguir la prédica del cura (demasiado abstracta y llena de frases hechas para aquellos tiros). Se fija en el sentido de las palabras compasión, caridad, misericordia. "Padecer (sentir) con el otro lo que el otro siente; ponerse en sus zapatos o que el otro lo haga por uno". ¿Por qué entramos aquí? Porque tú querías. ¿Nos podemos ir? Nos vamos. Caminamos a alquilar la película. Hablamos de otras cosas. Ella se queda pensando si los años de vivir el rito le adiestraron la mente para un ritmo que él no conoce. Se insiste al preguntar si hace falta ese ritmo. El letrado moderno quiso suplantar al cura. No se trata de guiar destinos, pero sí de conversar al paso de las palabras a trote, de quien está allí para eso. Bueno, ese ritmo lo vivió una vez en que se quedó horas mirando una laguna salada, se dijo. Los siguió el trote los pasos en la conversación camino al Blockbusters y de vuelta (nos vamos caminando, había dicho ella).
Quién sabe.
sábado, 3 de abril de 2010
El bolero de los vampiros
El código de honor hacía que mantuviéramos los recovecos del amor en la esfera privada. Lo que fuera público y notorio podía dañar la honra y con ello posibilidad de adquirir puestos, herencias, privilegios. Claro, eso para la clase que tenía todas esas cosas, porque otras no tenían nada que ver con ese código. Pero así, muchas veces los boleros hacen el cuento que se cuenta en la primera radionovela que se popularizó en Cuba: "El derecho de nacer". Hay un cruce de castas, de clases, de razas que no está permitido (por la honra, la herencia y los privilegios) y que tiene como consecuencia la negación del amor y del hijo. Me refiero al contexto de América Latina y su Gran Caribe, lugar donde nace el bolero. En el contexto de la modernidad, el bolero pasó a la esfera pública y en él cantaban hombres, mujeres, gentes de distintas razas y clases sociales. Ese medio permitió que se escucharan voces que decían lo indecible: "y hoy resulta que no soy de la estatura de tu vida". Lo que había permanecido privado y secreto por años--desengaños amorosos, infidelidades, promesas incumplidas--encontraba un lugar para debatirse, para exponer sus efectos: "quisiera abrir lentamente mis venas, mi sangre toda, vertirla a tus pies" o la solución digna "Yo, que ya he luchando contra toda la maldad. Tengo las manos tan desechas de apretar, que ni te pueden sujetar, vete de mí..." . Y lo hizo desde las vísceras, que es lo que el objeto amado se lleva consigo cuando se marcha; las vísceras del amante que en adelante tendrá que vivir vacío de tripas, riñones, hígado, sangre. Los cantantes de bolero son, tal vez, la versión caribeña de los muertos vivos (undead), porque el amor nos mata, a pesar de que no haya más remedio que seguir viviendo, aunque sea evitando nuestra imagen en el espejo y la luz del sol.
sábado, 27 de marzo de 2010
testosterona y sangre
La moto está ahorcada por el cordón de una cortina. No es una moto verdadera. Es un objeto doméstico, un juguete que el niño usa para liberar y experimentar con su testosterona. Finalmente, en el espacio doméstico, la moto queda condenada a muerte por un acto irreflexivo o creativo. Igual pasa con las espadas, ametralladoras y pistolas de seis balas como las que usan en los westerns. Las espadas pueden pasar a ser una antorcha que libera una halo de luz. Las ametralladoras bastones que ayudan a caminar a un cojo. La pistola de seis balas sirven para atemorizar mosquitos molestosos. La testosterona se transforma en el espacio doméstico. "Mamá a mí no me gusta matar, es todo de mentira, no te preocupes". Dice el niño. O tal vez, ha dicho, "Yo no quiero hacer daño sino aprender a defenderme". Pero lo cierto es que no va solo de noche al baño, porque está oscuro y tal vez allí se oculte un ladrón. Yo bromeo: "¿De qué sirve tanto ensayar para defenderte del mal del que te escondes?" Sustancia extraña la testosterona esa que no se transforma en acciones positivas, sino que moldea un ego, una autoimagen a semejanza de los héroes más atrevidos. Es la imagen de narciso en el lago quieto, donde se ve hermoso, porque no sabe que no es un reflejo sino su imaginación lo que ve. Y bueno. La mamá feminista escribe y espera que el niño no lea. No se vaya a lastimar su frágil ego. ¿Cómo decirle que los héroes, más que disparar, logran evitar la sangre que se queda en el plano mítico para que la paz sea? Eso digo que creo. Eso creo que digo. A mí la sangre me desmaya. A mí la idea de la sangre me desmaya. Pero no, es la violencia que hace que esté fuera lo que se supone corra adentro. Digo esto y me ocupo de la sangre mensual que me corre entre las piernas sin violencia.
sábado, 13 de marzo de 2010
Mientras, allá la playa
Si llegas contento y hay una fuente de agua frente a tu casa, ¿piensas que es una bendición o llamas al plomero? Si planificas mil salidas, a jugar, a mirar los caracoles jugando o a dejar que otros jueguen, y de momento las ruedas no giran en torno a su eje, ¿piensas en los beneficios de la inercia? Si de momento la puerta, más que cuidar bien de la casa, hace bromas, se abre y se cierra como si tuviera voluntad propia, ¿te ries por la ocurrencia? Y si un niño saltamontes hace un cálculo equivocado y deja, por un minuto siquiera, de ser un superhéroe, ¿meditas sobre los beneficios de la laicidad general? ¿Y si todo esto pasa en medio de la crisis? ¿Te preguntas qué crisis y sigues tu rutina? Habrá crisis peores. Allá los terremotos atestiguan este hecho. De todos modos hay que seguir pensando en beneficio de la humanidad que necesita los frutos de este trabajo intelectual (sí, anjá). Hay que poner cara seria mientras se profesa aunque cuando se termine de hablar o quizá aun antes de comenzar ya no se profese nada. Eso no tiene que ver con el acto ritual de abrir la boca, saludar al público, sonreír para la cámara, para la posteridad. Mientras, allá la playa espera tiempos mejores que seguramente llegan, es que se distrajeron saludando a algún conocido por el camino.
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