Habermas explica, via Castoriadis, que la producción pre-lingüística de fantasías produce en cada individuo un mundo interno, único y privado, que se enfrenta al mundo institucionalizado durante la niñez y aquél queda integrado a este mundo en el curso de la resolución del conflicto edípico. Esto quiere decir que para madurar (resolver el conflicto edípico) hay que abandonar las fantasías propias o al menos, supedidarlas a las exigencias del mundo institucionalizado. Lo que le interesa al teórico alemán es crear una teoría que supere el marxismo sin abandonar la modernidad como proyecto. A lo que quiere llegar es a proponer las prácticas comunicativas como un medio de negociación constante que crea, de hecho, mundos nuevos; el rescate de la utopía desde las fantasías de cada cual. Usa la palabra demiurgo. Me recuerda a Borges con sus ironías. El poeta que quiere ocupar el lugar de un dios al soñar estos mundos posibles. Con decirlos basta para que se vuelvan un proyecto realizable, parece decir Habermas, tratando de superar la idea moderna del "espíritu absoluo", i.e. el poeta, filósofo, dios que está encargado de llevar a cabo la tarea utópica. Al menos de pensarla.
A pesar de esta aporía que parece imposible de escapar--superar al dios creador para localizar al filósofo-artísta en su lugar--, el alemán se da cuenta de que uno no puede entender al otro a menos que entienda las circunstancias, el contexto en el que el otro habla (existencialismo, sí, Sontag, anhá) y que se habla también por medio de las prácticas. En otra parte habla del tiempo histórico, el espacio social y las experiencias centradas en el cuerpo como parte de esos contextos que producen sentido, sin los cuales la comunicación es imposible. Lo que me interesa de esta propuesta es el reconocimiento de que "the reproduction of a lifeworld always takes place also by virtue of the productivity of its members". Lo que me entusiasma es el plural. Aunque en las discusiones grupales en las que he estado, mientras más miembros peor, al final no es la razón lo que reina, sino la fuerza, el carisma, los chanchullos por debajo de la mesa y ya planchados antes de la reunión. ¿No es eso lo que cuenta Leonardo Padura en su más reciente novela titulada "El hombre que amaba a los perros"? Contar el curso de los hechos que llevan al asesinato de Leon Trostski en México como si fuera un reportaje, casi, basta para uno darse cuenta de que la razón nada tiene que ver con las fuerzas que se hacen cargo de la historia. Pero me parece bueno que un filósofo alemán se de cuenta de que existe mundo más allá de su ombligo filosofal.
NOTA: Celebro el aniversario de este blog. Un año cumple en febrero. Gracias a quienes leen.
sábado 6 de febrero de 2010
Comunicación: ladrillo de aniversario
viernes 29 de enero de 2010
De la palabra a la acción o vice versa
Mi acción es conducir. Frenar. Esperar que cambie el semáforo y, mientras, mirar la enorme luna que me mira. Bajar la vista un poco y observar los carros que cruzan delante de mí en la noche lunada, como si fuera una película por el claror, mientras escucho a Rubén Blades pedirle a María Lionza que le haga un milagrito. "Canción grabada en 1978", dicen en la radio. Pienso en el documental que vi hace poco sobre el culto a María Lionza en Venezüela. Cómo la gente le pide aun hoy a la virgen desde su religión mulata, bienes. Recuerdo el espíritu absoluto de la filosofía, desde el que se pensará la relación del ser humano con el planeta y con lo trascendente. Pienso en las múltiples acciones comunicativas que se cruzan. La luz roja que provoca que frene, la luna que me convence de que soy lunática, a veces, desde este cuerpo que también funciona en ciclos, como ella, mas no por eso. Los libros que están metidos en mi cabeza y que también me hablan. El estómago hambriento que estoy a punto de atender, junto al hambre quisquillosa del niño. Los libros hablan, la luna habla, la radio habla, la virgen habla, las cosas hablan, el cuerpo habla. Todo es un cacareo. Un cruzamiento de acciones comunicativas. Bueno, algunas comunicaciones son acciones, otras rebotan de una lectura o de una conversacion o de una experiencia al objeto y de ahí a mi mente. Y me pregunto si todas esas acciones o rebotes significativos algo tendrán que ver con la paz.
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miércoles 13 de enero de 2010
Candada por error, Mara Pastor
El error es la búsqueda. La mujer candada busca una llave. Se mira desde adentro los afueras que están atrás, en el pasado, o hacia el lado, en el otro, los hermanos, el amante, las flores del camino. Les escribe cartas. La bicicleta está estacionaria. "Hoy busqué mi nombre en una foto vieja". Es una mirada vieja, que envejece o crece; madura. Hasta que por fin.
Quiero besar mi angustia para que me abandone
detrás de los altares, antes de su boda
con los calendarios, la angustia y su corona,
besarnos todas y olvidar al otro día lo que fuimos. (13)
Por aquí aparecen los aviones. La bicicleta está estacionaria pero a los aviones se los aborda.
Con Manuel se da cuenta de que "... El futuro es pensar como se escribe,/ y me has acompañado aunque no lo parezca, /hemos ido juntos // adonde me ha llevado la palabra. (23)
Porque a fin de cuentas el libro es un viaje en el discurso; porque se pregunta por la antropofagia y por los animales del zoolígico "¿Tendré que comerme a sus niños /para volver a besarlo?" y más adelante "Insisto en figuaras de animales /--que sólo he visto /en cautiverio--flotando/ en la espera" (35).
Termina en tono de film noir, con una mujer tal vez muerta, a quien le corre un hilo de sangre por la comisura de la boca. Pero no hay que espantarse. Esa muere para darle paso a la que se libera y vuela.
Quiero besar mi angustia para que me abandone
detrás de los altares, antes de su boda
con los calendarios, la angustia y su corona,
besarnos todas y olvidar al otro día lo que fuimos. (13)
Por aquí aparecen los aviones. La bicicleta está estacionaria pero a los aviones se los aborda.
Con Manuel se da cuenta de que "... El futuro es pensar como se escribe,/ y me has acompañado aunque no lo parezca, /hemos ido juntos // adonde me ha llevado la palabra. (23)
Porque a fin de cuentas el libro es un viaje en el discurso; porque se pregunta por la antropofagia y por los animales del zoolígico "¿Tendré que comerme a sus niños /para volver a besarlo?" y más adelante "Insisto en figuaras de animales /--que sólo he visto /en cautiverio--flotando/ en la espera" (35).
Termina en tono de film noir, con una mujer tal vez muerta, a quien le corre un hilo de sangre por la comisura de la boca. Pero no hay que espantarse. Esa muere para darle paso a la que se libera y vuela.
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Mara Pastor,
reseña
martes 5 de enero de 2010
Dedos manchados de tinta
Leo el periódico al que tengo acceso en estos días en 5 minutos. Paso las noticias de los muertos del día anterior, el diagrama de dos páginas con fotos a colores sobre algún asunto de política púbica. Que el servicio de rescate de emergencia deja morir la gente, que aquél o este político dijo que haría o nos atacuñó una nueva ley que nos reduce el salario, los derechos, los espacios. Leo con interés los buscapiés y el horóscopo. Ya. Terminé. Luego la radio machacará la ínfima noticia ya repetida hasta el hartazgo. El debate público es un simulacro, pero esto no es noticia. Leo más ideas y propuestas, más debate, entre mis amigos y conocidos de facebook. Mientras, me doy cuenta de que pasar las finas páginas manchadas de tinta, su olor, su textura, es un homenaje a la nostalgia y me pregunto si los árboles que fueron ese papel merecían un fin tan innoble. Mis dedos se manchan de tinta y siento que soy ciudadana, pero no. Nada tiene que ver esa idea de un habitar por las esquinas isleñas desde el debate, activo y constructivo, con tomarse un café mientras se lee lo que ya cansa, sin saber cómo se sale del acoso del horror. Mis dedos estarán manchados, pero ese trabajo ínfimo de pasar las páginas y suspirar no es trabajo. Mi trabajo prescindirá de esa tinta. Saber eso, como se sabe el cansancio porque se lo siente entre las costillas, se vuelve luto. Pero habrá que construir.
miércoles 30 de diciembre de 2009
La forma del aire
Un círculo o una elipsis, una línea
una sucesión de puntos que
mirados por separado son,
y en conjunto,
infinito.
Esta brisa que sopla ahora y es
la de ahora. Este aire inhalado
y exhalado, ahora.
El ya que es ya por un instante
y luego fue.
No hay retornos, sin embargo
todo vuelve.
No hay progreso mas parece
que se monta el sucesivo instante
sobre otro consumido.
Todo es nuevo sin serlo.
Todo es la única suma de pequeñeces
que se juntan y conectan
la sal del mar con la que exhuda
este cuerpo, como antes otros,
como después serán.
El movimiento perpetuo está inventado
sin mecanismos, pero está,
y respiro hasta el cansancio
porque, ¿dónde la inercia?
Luego respirarán otros
otro aire, que será, sin embargo
el mismo; resumarán sal
y le hablarán al mar. A ese mismo
mar de ahora; distinto.
Así, y así, y así, o de otro modo y
otro.
una sucesión de puntos que
mirados por separado son,
y en conjunto,
infinito.
Esta brisa que sopla ahora y es
la de ahora. Este aire inhalado
y exhalado, ahora.
El ya que es ya por un instante
y luego fue.
No hay retornos, sin embargo
todo vuelve.
No hay progreso mas parece
que se monta el sucesivo instante
sobre otro consumido.
Todo es nuevo sin serlo.
Todo es la única suma de pequeñeces
que se juntan y conectan
la sal del mar con la que exhuda
este cuerpo, como antes otros,
como después serán.
El movimiento perpetuo está inventado
sin mecanismos, pero está,
y respiro hasta el cansancio
porque, ¿dónde la inercia?
Luego respirarán otros
otro aire, que será, sin embargo
el mismo; resumarán sal
y le hablarán al mar. A ese mismo
mar de ahora; distinto.
Así, y así, y así, o de otro modo y
otro.
domingo 20 de diciembre de 2009
Fe en disfraz, de Mayra Santos Febres
Ella es negra y él es blanco. Así que cuando se juntan en una relación sado-masoquista, ella es culpable y él inocente. Ella es mujer y él es hombre así que cuando se juntan en una relación sado-masoquista ella es culpable y él inocente. Ella es la jefa y él el subalterno, así que cuando se juntan en una relación sado-masoquista, ella es culpable y él inocente. Pero “ella quiso ser”, citando a Julia de Burgos, “como los hombres [los hombres blancos e inocentes] quisieron que ella fuese:
"Yo quería ser como aquellas mojas, blancas, puras, como aquellas princesas; vestir trajes hasta el suelo, hechos de terciopelo bordado con hilos de oro y pedrería. Pero en mi fuero interno sabía que aquello no era para mí. Me lo recordaban las alumnas del colegio y el color de mi piel. Mi piel era el mapa de mis ancestros. Todos desnudos, sin blasones ni banderas que los identificaran; marcados por el olvido o, apenas, por cicatrices tribales, cadenas, por las huellas del carimbo sobre el lomo. Ninguna tela que me cubriera, ni sacra ni profana, podría ocultar mi verdadera naturaleza". (89)
Fe en disfraz es el título de la novela que entiende la piel como un vestido. La piel conecta a la protagonista con sus ancestros, y si el reproche contra la mujer negra en Occidente ha sido que ella no podrá controlar nunca lo que se entiende como su verdadera naturaleza, que la hace una mula que se usa tanto para el trabajo físico como para aliviar demonios que poseen el cuerpo del hombre blanco, entonces Fe (así se llama la protagonista) ni lo intenta, a pesar de su nombre.
Se viste con el traje que le perforará la piel que es su otro traje. El traje con el que se viste es amarillo, de encajes y pasacintas. Es un traje de mulata, Xica da Silva se llamó, que quiso insertarse como blanca en sociedad. Fe se vestirá con los dolores propios que, aunque no están dichos en la novela con abundancia, no hace falta porque están dichos los de sus ancestras. Y es que ésta es una novela de ritos y silencios. La mulata, y luego su hija, se ponen el mismo traje amarillo para ser presentadas en sociedad, con el mismo resultado. La ley, los otros, no las reconocen como sujetos posibles. Ese rito de pasaje, ponerse el vestido amarillo y ser presentadas en sociedad, no tiene posibilidad de éxito. Fe, en el siglo XX puede ser jefa, sólo si mantiene silencio sobre sus cicatrices:
--¿A quiénes se habrían parecido estas mujeres?
--¿No es obvio, Martín? Se parecían a mí.
Me quedé mirando a Fe, en silencio. Curiosamente, nunca antes me había detenido a pensar que sus esclavas se le parecieran. Que ella, presente y ante mí, tuviera la misma tez, el mismo cuerpo que una esclava agredida hace más de doscientos años. Que el objeto de su estudio estuviera tan cerca de su piel.(53)
La historia se cuenta rápidamente, en apenas 115 páginas, sin dejar por ello de ser una novela sobre el tiempo que no se deja vencer. Es una historia que cuenta vidas de historiadores que quedan atrapados por el tiempo. Aquí habla Martín, el amante secreto de Fe: “Ya lo he dejado claro en este escrito –la historia da la impresión de ser mutable. Pero siempre vuelve a su redil. Se repite y regresa al sagrado rito de su origen.” (104) La cita se refiere al escrito que leemos, porque aunque ella es la jefa y él el subalterno, él es quien contará la historia, como siempre pasa.
Fe, la historiadora que protagoniza este relato, se beberá su propia sangre y se ofrecerá como objeto en un extraño rito de sacrifico, y Martín también beberá su sangre, la de ella, y se dejará vencer, vaciándose, o palpará el mapa de heridas que lleva ella en la cadera, causadas por el arnés del traje. El vaciamiento es la derrota, pero lo es, además el qué él termina también bebiendo su propia sangre, acordándose de los ritos que se habían olividado él y sus ancentros:
Pero, entonces, ocurrió la peor de las traiciones. Con la cristinanización de los romanos y la paulatina suspensión de la fiesta de Sam Hain (Halloween), se olvidó el culto a los ancestros: a los ancestros animales, a los ancestros frutales, a los ancestros humanos, a los muertos” (92)
Una vez que Martín bebe de esa sangre comienza en él una transformación, a la manera de los vampiros góticos. Cuando comienza la narrativa Martín niega sus culpas, se piensa y se siente inocente:
No fui yo, lo juro, quien se levantó de la mesa del puesto donde almorzábamos, tomando a Fe de la mano, conduciéndola al estacionamiento. Ni fui quien entró al carro de Fe, quien guió a un lugar apartado, entre las mansiones, mientras manoseaba los muslos de Fe, metiendo mis dedos entre las comisuras de su carne. Estacionarme al lado en un parque. Lamerle el cuello con otra lengua que no era la mía, sangre en mis labios mordidos, meterle los dedos más profundo. (75)
No fue él, dice. Y el inocente tal vez tenga razón, al principio, cuando actúa sin saber lo que hace al mirar como pornografía deposiciones de esclavas aunte un tribunal, por abusos sexuales sufridos. Pero crece. Conversa en la cama con Fe. Supongo que es el diálogo de sobrecama el que logra que este personaje crezca y hacia el final del relato descubra:
Ese día, me descubrí capaz de actuar de otra manera. De sentirme dirigido por esa extraña hambre que desde siempre me habita. […] Hoy entiendo que los libros, la Razón, ya no me sirven de trinchera. Recapacito y estoy dispuesto a actuar, a enfrentar las consecuencias de mis actos. (97)
Martín decide hacerse cargo del rito. Sigue las instrucciones de Fe, pero se arma de una navaja toledana que ya habían usado en otras ocasiones. A este punto él también ha palpado sus cicatrices.
No les contaré lo que espera lograr Martín con esa navaja. Tienen que leer esta rica novela que es erótica, pero también puede que sea el testimonio del porpio Martín, quien escribe y deja un documento como si ese último encuentro lo fuera a llevar a la muerte y como dije, además es novela gótica, es novela histórica, es novela de creacimiento. En fin, es una gran novela narrada con un lenguaje y una técnicas afiladas, como la navaja toledana que se usa en el útimo rito que no les voy a contar. Sólo les advierto que se preparen para oler sangre y otros flujos más íntimos. Si son seres de pudor no la lean. Si están interesados en enterarse de transacciones que se pueden dar cuando nos ponemos los disfraces para dejárnoslos quitar hasta quedar pelaos (á poil, como se dice en francés), pues entonces, lean. Mantengan un cubito de agua fría a mano, por si acaso. Y buen provecho.
"Yo quería ser como aquellas mojas, blancas, puras, como aquellas princesas; vestir trajes hasta el suelo, hechos de terciopelo bordado con hilos de oro y pedrería. Pero en mi fuero interno sabía que aquello no era para mí. Me lo recordaban las alumnas del colegio y el color de mi piel. Mi piel era el mapa de mis ancestros. Todos desnudos, sin blasones ni banderas que los identificaran; marcados por el olvido o, apenas, por cicatrices tribales, cadenas, por las huellas del carimbo sobre el lomo. Ninguna tela que me cubriera, ni sacra ni profana, podría ocultar mi verdadera naturaleza". (89)
Fe en disfraz es el título de la novela que entiende la piel como un vestido. La piel conecta a la protagonista con sus ancestros, y si el reproche contra la mujer negra en Occidente ha sido que ella no podrá controlar nunca lo que se entiende como su verdadera naturaleza, que la hace una mula que se usa tanto para el trabajo físico como para aliviar demonios que poseen el cuerpo del hombre blanco, entonces Fe (así se llama la protagonista) ni lo intenta, a pesar de su nombre.
Se viste con el traje que le perforará la piel que es su otro traje. El traje con el que se viste es amarillo, de encajes y pasacintas. Es un traje de mulata, Xica da Silva se llamó, que quiso insertarse como blanca en sociedad. Fe se vestirá con los dolores propios que, aunque no están dichos en la novela con abundancia, no hace falta porque están dichos los de sus ancestras. Y es que ésta es una novela de ritos y silencios. La mulata, y luego su hija, se ponen el mismo traje amarillo para ser presentadas en sociedad, con el mismo resultado. La ley, los otros, no las reconocen como sujetos posibles. Ese rito de pasaje, ponerse el vestido amarillo y ser presentadas en sociedad, no tiene posibilidad de éxito. Fe, en el siglo XX puede ser jefa, sólo si mantiene silencio sobre sus cicatrices:
--¿A quiénes se habrían parecido estas mujeres?
--¿No es obvio, Martín? Se parecían a mí.
Me quedé mirando a Fe, en silencio. Curiosamente, nunca antes me había detenido a pensar que sus esclavas se le parecieran. Que ella, presente y ante mí, tuviera la misma tez, el mismo cuerpo que una esclava agredida hace más de doscientos años. Que el objeto de su estudio estuviera tan cerca de su piel.(53)
La historia se cuenta rápidamente, en apenas 115 páginas, sin dejar por ello de ser una novela sobre el tiempo que no se deja vencer. Es una historia que cuenta vidas de historiadores que quedan atrapados por el tiempo. Aquí habla Martín, el amante secreto de Fe: “Ya lo he dejado claro en este escrito –la historia da la impresión de ser mutable. Pero siempre vuelve a su redil. Se repite y regresa al sagrado rito de su origen.” (104) La cita se refiere al escrito que leemos, porque aunque ella es la jefa y él el subalterno, él es quien contará la historia, como siempre pasa.
Fe, la historiadora que protagoniza este relato, se beberá su propia sangre y se ofrecerá como objeto en un extraño rito de sacrifico, y Martín también beberá su sangre, la de ella, y se dejará vencer, vaciándose, o palpará el mapa de heridas que lleva ella en la cadera, causadas por el arnés del traje. El vaciamiento es la derrota, pero lo es, además el qué él termina también bebiendo su propia sangre, acordándose de los ritos que se habían olividado él y sus ancentros:
Pero, entonces, ocurrió la peor de las traiciones. Con la cristinanización de los romanos y la paulatina suspensión de la fiesta de Sam Hain (Halloween), se olvidó el culto a los ancestros: a los ancestros animales, a los ancestros frutales, a los ancestros humanos, a los muertos” (92)
Una vez que Martín bebe de esa sangre comienza en él una transformación, a la manera de los vampiros góticos. Cuando comienza la narrativa Martín niega sus culpas, se piensa y se siente inocente:
No fui yo, lo juro, quien se levantó de la mesa del puesto donde almorzábamos, tomando a Fe de la mano, conduciéndola al estacionamiento. Ni fui quien entró al carro de Fe, quien guió a un lugar apartado, entre las mansiones, mientras manoseaba los muslos de Fe, metiendo mis dedos entre las comisuras de su carne. Estacionarme al lado en un parque. Lamerle el cuello con otra lengua que no era la mía, sangre en mis labios mordidos, meterle los dedos más profundo. (75)
No fue él, dice. Y el inocente tal vez tenga razón, al principio, cuando actúa sin saber lo que hace al mirar como pornografía deposiciones de esclavas aunte un tribunal, por abusos sexuales sufridos. Pero crece. Conversa en la cama con Fe. Supongo que es el diálogo de sobrecama el que logra que este personaje crezca y hacia el final del relato descubra:
Ese día, me descubrí capaz de actuar de otra manera. De sentirme dirigido por esa extraña hambre que desde siempre me habita. […] Hoy entiendo que los libros, la Razón, ya no me sirven de trinchera. Recapacito y estoy dispuesto a actuar, a enfrentar las consecuencias de mis actos. (97)
Martín decide hacerse cargo del rito. Sigue las instrucciones de Fe, pero se arma de una navaja toledana que ya habían usado en otras ocasiones. A este punto él también ha palpado sus cicatrices.
No les contaré lo que espera lograr Martín con esa navaja. Tienen que leer esta rica novela que es erótica, pero también puede que sea el testimonio del porpio Martín, quien escribe y deja un documento como si ese último encuentro lo fuera a llevar a la muerte y como dije, además es novela gótica, es novela histórica, es novela de creacimiento. En fin, es una gran novela narrada con un lenguaje y una técnicas afiladas, como la navaja toledana que se usa en el útimo rito que no les voy a contar. Sólo les advierto que se preparen para oler sangre y otros flujos más íntimos. Si son seres de pudor no la lean. Si están interesados en enterarse de transacciones que se pueden dar cuando nos ponemos los disfraces para dejárnoslos quitar hasta quedar pelaos (á poil, como se dice en francés), pues entonces, lean. Mantengan un cubito de agua fría a mano, por si acaso. Y buen provecho.
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sábado 12 de diciembre de 2009
Nostalgia charra vs. supervivencia
Tengo una familia folklórica. Lo digo en broma y en serio. Recuerdo que cuando leía La carreta de René Marqués o La llamarada de Laguerre en la secundaria, mi papá siempre pensaba que estaba leyendo su historia; la historia de un mundo que fue suyo y que estaba en vías de desaparecer. Después empezaba a hacer cuentos de cuando se comía las chinas sin bajarlas del palo, chupándoselas como si fueran una teta, o de cuando caminaban a la escuela por kilómetros y kilómetros con los zapatos en la mano. Con estos cuentos y la referencia literaria, me imaginaba a mi abuela y sus nueve hijos descalzos y piojosos en una choza con sobereao (piso de tierra) esperando a que la tormenta platanera se los llevara (Belaval). Pero esos cuentos de miseria nunca han salido de sus bocas y lo cierto es que mis tías saben cocinar con fogón.
Al lado de la finca de mi abuela había una pareja de viejitos, Nacha y Colacho, que mi papá visitaba con reverencia (Me daba órdenes secas, "saluda", "acéptales el café" "contéstale a la señora"). Ellos vivían arrimaos en un terreno y tenían una casita, tal vez de 10 x 10 metros, hecha completamente de zinc. Cocinaban en un fogón que mantenían prendío en el fondo de la pieza. Creo que Nacha era feliz. No quería que le tumbaran su ranchito y si mi papá se ofrecía a traerle una nevera o una estufa ("se le puede hacer un fuego ahí"), Nacha sonreía con condescendencia y decía que ella no necesitaba nada de eso. En fin, que cuando se hablaba en la Universidad, analizando cualquiera de estas obras, de que lo que había de fondo en ellas era una nostalgia por parte de terratenientes desplazados por un pasado que idealizan pero que en realidad estaba lleno de violencias y desigualdades, me costaba entenderlo. Esa no era la memoria de mis antepasados más inmediatos y, que yo supiera, ellos no eran terratenientes ni hacendados, sino peones (en verdad eran pequeños propietarios y esta historia ha sido poco documentada o discutida).
A tono con ello y por el hecho de que vienen las navidades y con ellas mucha de la familia dispersa, en estos días me dio con rescatar décimas viejas, en vista de la parranda que se acerca. En especial una que alude a una vida que desaparece. Mi papá la escuchó alguna vez y tenía ganas de volverla a escuchar. Descubrí con you tube que la DECEP había hecho un documental hace años, en blanco y negro, en el balcón de una casa de madera (mejor que la que yo me imaginaba; parecía más bien una casa de muñecas) en el que cantan unos jóvenes Ramito, Chuito el de Bayamón y la Calandria, acompañados por Maso Rivera. Allí Ramito canta la canción del Toro Barcino que termina:
Ya acabaron mis ganacias
Pero quedó esta canción
Murió el toro y el peón
Que triste quedó mi estancia
Ya se acabó la abundancia
Y este dolor me acrisola
Ya se secó la amapola
Ya murió el buey que pitaba
Murió quien lo pastoreaba
Y quedó la estancia sola.
A fin de cuentas la canción se refiere a un sistema económico que muere: "ya se acabó la abundancia". Será difícil de entender a qué abundancia se refiere quien tenga, como yo tuve, como mi hijo tiene, casa con piso y paredes de cemento, carro y la posibilidad de ir al chopin mol a comprar cada pendejá que se le ocurra. Pero se rumora que quieren vender la Plaza del Mercado de Río Piedras para que se instale allí un Wall Mart y algunos nos rebelamos, tratamos de evitar que eso pase. ¿Por qué si, a fin de cuentas, las Plazas del Mercado apestan rancio y la de Río Piedras está en pésimas condiciones? Mi abuelo bajaba al pueblo a vender sus productos (a la de Caguas), pero ahora en la plaza venden aguacates y mangós dominicanos y chinas de la Florida.
Mi razón para volver sobre la canción del Toro Barcino es simple, con todo y los símbolos eróticos (el toro que más fajaba, el buey que pitaba, el que abanaba la zorra) que construyen al toro muerto en un padrote muerto, o, dicho a la Lacán, quien ocupaba "el lugar del padre" es quien ha muerto, por lo que la soledad de la estancia es también una falta de orden, de ley. No es que necesitamos un toro barcino que nos ordene. No es que necesite idealizar una vida campesina pasada que nunca viví a fin de cuentas. Lo dice quien antes de dejarse fajar (en el sentido de poner en su lugar, i.e. el doméstico) se fugó por los caminos de Dios, como se decía en el campo. Vuelvo sobre esta canción porque yo he hecho morcillas y pasteles y he visto matar a un puertco y después echarle agua hirviente para pelarlo con un cristal de botella rota. He recogío verduras (no sé, yautías, malangas, apios) y habichuelas de las matas pa después sacarlas de las vainas (con pánico de no encontrar gusanos) mientras se habla de cualquier cosa y se miran las nubes encima de una loma. Claro, por ratitios, como un entretenimiento, mientras visito pa luego irme.
Después de mi generación no se sabrá el sabor de la cosa fresca. No se lo extrañará porque no se puede extrañar lo que no se conoce. Es más, tal vez terminen alimentándose de algas. Tal vez no me deba importar; que se las arreglen ellos. Pero me importa porque quiero a mis descendientes. Para evitar que ellos terminen alimentándose de algas o pastillas con sabor a pollo, tendríamos que acordarnos de como sembrar y criar animales. Si matáramos la carne que nos comemos en vez de comprarla en el supermercado la respetaríamos más. Tendríamos más claro la vida que se vence para alimentar la vida (¿la gordura?) propia. No es nostalgia romántica, es la desnuda voluntad de supervivencia lo que me hace acordarme del Toro Barcino, aprenderme la canción y cantarla (desafiná y fuera de tiempo seguramente) a la menor provocación.
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domingo 6 de diciembre de 2009
Crónica: La intemperie interior
Ayer nevaba y llovía al mismo tiempo. El tiempo se volvió flexible cuando el pasado y el futuro se escabullían en el presente que no quiere ser más que eso. Pero está bien que se cuelen si no hay melodrama. Leí que el psicoanálisis es hijo del romanticismo. Pensé, claro, y me dio gracia entender a los analistas, tan metódicos ellos, como Byronianos recalentados y reempacados. Será por eso que en este tiempo de locos nos ha dado por lo gótico: mansiones abandonadas que rescatar y conversaciones con fantasmas, encarnados o no, chupar sangre. Pero no me abruma la nostalgia ni me da por asir esperanzas. A veces un buen baño hace bien. La voz de un niño. Encender el horno. Pensar en tortas de chocolate que batir a mano, trescientas veces, con cuchara de madera. Pero no. Hay que vigilar la línea. Luego un libro, el teclado, un café. Mirar el frío por la ventana del lado acá de la calefacción.
sábado 28 de noviembre de 2009
Res parlante y en zancos
Entré al restaurante mexicano al que la gente iba más a comer queso fundido y beber margaritas que otra cosa. Caminé con parsimonia. Tal vez me sonreía, porque los tacos hacían que me acordara de los meses de mi niñez que pasé caminando en zancos por todas partes. Me empeñé en aprender con los zancos de unos vecinitos. Pasé de los bajitos a los altos en cuestión de días y estuve yendo de un lado para otro balanceándome en los enormes palos. Fueron días divertidos. Me senté de frente a la barra. Me pedí una margarita para esperar a mi amiga.
Vengo en representación de aquella mesa, dijo el gordo. Necesitamos su número de seguro. ¿Por qué?, preguntó ella. Él contestó haciéndose el gracioso. Es que estábamos en una reunión de negocios y cuando usted entró le dió un ataque al corazón como a tres de mis colegas. Se reían traviesos los tontos que se quedaron en la mesa. Ella ripostó como un disparo. Entonces lo que necesitan es una ambulancia. Él también era rápido. ¿Llamamos a los bomberos y quedamos en paz? Ella no se dejaba vencer. Para la paz hace falta un mecánico que les arregle los marcapasos. Es una traducción que intenta mantener los sentidos originales. Hablaban inglés porque el buisiness man era un gringo colorao y probablemente sureño, ya que tenía enganchado un sombrero de cowboy. Pacemakers había dicho ella, jugando con la palabra que acababa de pronunciar el que proponía la paz. Se rió el gordo. Le dijo que ella lo hacía reír. Añadió que estaba convencido de que también le daría suerte. Vamos al casino a jugar. Necesito que me acompañes para que me digas a qué número jugar doscientos dólares. Ella pensó en su salario de estudiante. Todavía bromeaba. Se quedó en el duelo verbal por lo que contestó. Dame los doscientos dólares a mí en vez de botarlos allá. El gringo se quiso hacer el magnánimo. Te doy doscientos y juego doscientos. Lo de ella quería ser una perorata en contra del juego. Dame los cuatrocientos a mí en vez de tirarlos. El gringo empezó a incomodarse, pero no quería perder el temple. Te doy cuatrocientos y juego cuatrocientos. Dame ochocientos a mí en vez de desperdiciarlos en esos juegos del diablo. Acá el gringo tenía ya las orejas visiblemente coloradas. Ella se dio cuenta de que era en serio. La quería comprar como a una puta.
Tenía un trajecito de mezclilla anaranjada, corto hasta arriba de la rodilla, que parecía que me habían pintado en el cuerpo. Se cerraba con una cremayera que había dejado sin cerrar completamente al frente; el apretón del pecho hacía que las tetitas se subieran redonditas por arriba de la tela. No tenía grasa en el cuerpo. Era toda fibra, huesos y un pelo largo ondulado que llegaba casi a la cintura. Con los tacos, más que piernas, parecía que tenía ancas de yegua. Sin dejar de mirarlo a la cara ni hablar le dije. Mira, vamos a hacer una cosa. Mis manos se metieron por debajo del traje. Deslizaron un panticito de encaje rojo por las rodillas, los tobillos, los tacos. Dale los ochocientos dólares a los pobres, como yo hago ahora. Cuando terminé de decir like I am doing now le puse el panty en las manos. Me bebí la margarita que me quedaba de un sorbo. Pagué mi cuenta y saludé a mi amiga que acababa de llegar. Le dije que nos fuéramos a otro sitio, que allí la cosa estaba aburrida, puro viejo gringo, en inglés, mientras le guiñaba el ojo al gordo que no se había movido, seguramente por el calentón en las orejas. Caminé con el mismo paso con que entré al bar; y con la misma sonrisa.
Vengo en representación de aquella mesa, dijo el gordo. Necesitamos su número de seguro. ¿Por qué?, preguntó ella. Él contestó haciéndose el gracioso. Es que estábamos en una reunión de negocios y cuando usted entró le dió un ataque al corazón como a tres de mis colegas. Se reían traviesos los tontos que se quedaron en la mesa. Ella ripostó como un disparo. Entonces lo que necesitan es una ambulancia. Él también era rápido. ¿Llamamos a los bomberos y quedamos en paz? Ella no se dejaba vencer. Para la paz hace falta un mecánico que les arregle los marcapasos. Es una traducción que intenta mantener los sentidos originales. Hablaban inglés porque el buisiness man era un gringo colorao y probablemente sureño, ya que tenía enganchado un sombrero de cowboy. Pacemakers había dicho ella, jugando con la palabra que acababa de pronunciar el que proponía la paz. Se rió el gordo. Le dijo que ella lo hacía reír. Añadió que estaba convencido de que también le daría suerte. Vamos al casino a jugar. Necesito que me acompañes para que me digas a qué número jugar doscientos dólares. Ella pensó en su salario de estudiante. Todavía bromeaba. Se quedó en el duelo verbal por lo que contestó. Dame los doscientos dólares a mí en vez de botarlos allá. El gringo se quiso hacer el magnánimo. Te doy doscientos y juego doscientos. Lo de ella quería ser una perorata en contra del juego. Dame los cuatrocientos a mí en vez de tirarlos. El gringo empezó a incomodarse, pero no quería perder el temple. Te doy cuatrocientos y juego cuatrocientos. Dame ochocientos a mí en vez de desperdiciarlos en esos juegos del diablo. Acá el gringo tenía ya las orejas visiblemente coloradas. Ella se dio cuenta de que era en serio. La quería comprar como a una puta.
Tenía un trajecito de mezclilla anaranjada, corto hasta arriba de la rodilla, que parecía que me habían pintado en el cuerpo. Se cerraba con una cremayera que había dejado sin cerrar completamente al frente; el apretón del pecho hacía que las tetitas se subieran redonditas por arriba de la tela. No tenía grasa en el cuerpo. Era toda fibra, huesos y un pelo largo ondulado que llegaba casi a la cintura. Con los tacos, más que piernas, parecía que tenía ancas de yegua. Sin dejar de mirarlo a la cara ni hablar le dije. Mira, vamos a hacer una cosa. Mis manos se metieron por debajo del traje. Deslizaron un panticito de encaje rojo por las rodillas, los tobillos, los tacos. Dale los ochocientos dólares a los pobres, como yo hago ahora. Cuando terminé de decir like I am doing now le puse el panty en las manos. Me bebí la margarita que me quedaba de un sorbo. Pagué mi cuenta y saludé a mi amiga que acababa de llegar. Le dije que nos fuéramos a otro sitio, que allí la cosa estaba aburrida, puro viejo gringo, en inglés, mientras le guiñaba el ojo al gordo que no se había movido, seguramente por el calentón en las orejas. Caminé con el mismo paso con que entré al bar; y con la misma sonrisa.
domingo 22 de noviembre de 2009
El enemigo
Explica Hannah Arendt el sentido en el que Rousseau pensó la idea de una voluntad general, la del pueblo o la nación.
"Para construir semejante monstruo de cien cabezas, Rousseau se valió de un ejemplo aparentemente sencillo y verosímil. Extrajo su idea de la experiencia común que enseña que cuando dos intereses opuestos entran en conflicto con un tercero que se opone a ambos, aquéllos se unen. Desde un punto de vista político, daba por supuesta la existencia --y en ella confiaba--del poder unificador del enemigo nacional común" . (Sobre la revolución, 102)
O sea, que las naciones se definen en oposición. Es un lugar común. Ejemplos recientes son la Guerra de las Malvinas que se inventó la dictadura militar argentina quemando sus últimos cartuchos; o los enemigos, reales o imaginarios, con que lidia la nación estadounidense continuamente para mantener la cohesión del "pueblo". Pero en este contexto me preguntaba, ¿qué pasa cuando el enemigo que unifica es interno? ¿qué cuando es el propio gobernante que la mayoría eligió porque pensó que el enemigo estaba en otra parte? ¿Lo estaba? Si no se sabe dónde está el enemigo, ¿contra quién nos cohesionamos? O es que enemigo son todos los que gobiernan o pretenden hacerlo, porque siempre se gobierna a partir de una violencia: gobernar es un acto de violencia. Siempre hay una violencia originaria en las narrativas de las comunidades y es ella la que justifica el contrato social.
Si así fuera, el enemigo que nos gobierna es un fantasma que se desaparece y reaparece, tomando distintas formas, para acecharnos. Regresa como el fantasma del padre de Hamlet, y nos incita a tomar venganza y nos recuerda que el monarca actual es un usurpador. Como Hamlet nos quedamos perplejos y meditamos, ¿cómo? ¿Queremos fundar una nueva comunidad en un nuevo acto de venganza? ¿Qué hacer si el enemigo somos nosotros mismos y las complicidades que elegimos?
"Para construir semejante monstruo de cien cabezas, Rousseau se valió de un ejemplo aparentemente sencillo y verosímil. Extrajo su idea de la experiencia común que enseña que cuando dos intereses opuestos entran en conflicto con un tercero que se opone a ambos, aquéllos se unen. Desde un punto de vista político, daba por supuesta la existencia --y en ella confiaba--del poder unificador del enemigo nacional común" . (Sobre la revolución, 102)
O sea, que las naciones se definen en oposición. Es un lugar común. Ejemplos recientes son la Guerra de las Malvinas que se inventó la dictadura militar argentina quemando sus últimos cartuchos; o los enemigos, reales o imaginarios, con que lidia la nación estadounidense continuamente para mantener la cohesión del "pueblo". Pero en este contexto me preguntaba, ¿qué pasa cuando el enemigo que unifica es interno? ¿qué cuando es el propio gobernante que la mayoría eligió porque pensó que el enemigo estaba en otra parte? ¿Lo estaba? Si no se sabe dónde está el enemigo, ¿contra quién nos cohesionamos? O es que enemigo son todos los que gobiernan o pretenden hacerlo, porque siempre se gobierna a partir de una violencia: gobernar es un acto de violencia. Siempre hay una violencia originaria en las narrativas de las comunidades y es ella la que justifica el contrato social.
Si así fuera, el enemigo que nos gobierna es un fantasma que se desaparece y reaparece, tomando distintas formas, para acecharnos. Regresa como el fantasma del padre de Hamlet, y nos incita a tomar venganza y nos recuerda que el monarca actual es un usurpador. Como Hamlet nos quedamos perplejos y meditamos, ¿cómo? ¿Queremos fundar una nueva comunidad en un nuevo acto de venganza? ¿Qué hacer si el enemigo somos nosotros mismos y las complicidades que elegimos?
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